Sobre el "ego"
«La cultura occidental –afirma José Antonio Marina– puede contarse como la historia de un Yo que ha ido engordando. Es fácil señalar las etapas principales. La reforma protestante apeló a la propia conciencia frente a la autoridad. Descartes instauró el yo-pienso como instancia definitiva. La Ilustración hizo lomismo con la razón. El romanticismo exacerbó el protagonismo del Yo. El idealismo alemán lo convirtió en el origen de todo. Y, como último paso, encontramos la creciente insistencia en el individualismo. Todo ha desembocado en una afirmación desmesurada del Yo que no deja de plantearnos problemas. Lo que a veces ha sido una oportuna defensa de la autonomía personal se ha acabado convirtiendo en un obsesivo cuidado de uno mismo y en un narcisismo galopante».
Este modo de ver las cosas, que está como inscrito en nuestra cultura, es una fuente de actitudes que fomenta en las personas una psicología un tanto febril y atormentada. Un darse vueltas a uno mismo que hace resonar en el interior todo un enjambre de voces que perturban. Voces que siempre están ahí, que llegan a lo más íntimo de uno mismo. Voces que exigen tener éxito, fama, poder. Voces que cuestionan la propia valía, que dan vueltas y revueltas en torno al derecho a ser querido y tenido en cuenta. Estilos de pensamiento que llevan a que pocos momentos del día estén libres de sentimientos oscuros como rencor, celos, lujuria, codicia, antagonismos o rivalidades sin sentido. Modos de abordar las cosas que llevan a obsesionarse por la aprobación de los demás o la consideración con que a uno le tratan. Un vagar de la memoria y la imaginación que hace soñar despierto, fantaseando ser genial, brillante, admirado. Un miedo a no gustar o a ser censurado que constantemente invita a diseñar nuevas estrategias para asegurar atención y cariño.

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