Jaime Kohan
RE: Poco después de recuperarse de un infarto cardíaco, el psicoterapeuta Abraham Maslow (1908-1970), creador de la célebre Pirámide de las necesidades humanas, escribió a un amigo: "La muerte y su posibilidad siempre presente, hacen más posible el amor. Me pregunto si podríamos amar apasionadamente o si sería posible el éxtasis, si supiéramos que nunca habríamos de morir." Desde la experiencia vivida, Maslow daba en la tecla: la muerte hace valiosa a la vida, nos impone la necesidad de vivirla con sentido. La angustia existencial nos alcanza cuando, en una loca carrera por escapar de la Parca, nos lanzamos a un frenesí de bullicio, consumo, búsqueda de poder, relaciones fugaces, experiencias llenas de adrenalina y vacías de contenido. Vida y muerte, lejos de ser enemigas, son socias, complementos necesarios.
Eros nos atrae hacia la concreción de propósitos, como lo explica con profundidad y claridad otro gran psicoterapeuta existencial, Rollo May (1909-1994), en Amor y voluntad. Nos guía hacia la unión con el todo, hacia la expresión de nuestras potencialidades más poderosas, nos llama a las experiencias vitales. Eros es instinto de vida.
Según cierto determinismo psicológico, nos guía un instinto básico de muerte (Tánatos), al que sublimamos. May, al contrario, cree que nuestro faro es Eros (a quien liga con el amor, más que con el sexo), quien une lo fragmentado y nos lleva desde la soledad primaria al encuentro fecundo con el otro. Esta tarea se cumple en un tiempo finito. La muerte nos recuerda el límite. Donde no hay límite, nada importa ni se valora, se pierde la noción de logro, nada hay para elegir cuando se cree que todo es posible y desaparece entonces la responsabilidad que toda elección conlleva. Donde no hay límite, apunta May, triunfa la apatía. E insta a desoír las promesas tecnológicas de que todo es posible, de que dominaremos a la naturaleza, al límite y al tiempo. Eso provoca vidas tibias, como las llama May, y hastío existencial. Se rompe el pacto entre vida y muerte..

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