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martes 31 de julio de 2007
Marcado aumento del consumo de antipsicóticos entre los niños estadounidenses
El número de niños medicados con estos fármacos se ha multiplicado por seis en una década
La agencia estadounidense del medicamento no los ha autorizado para uso infantil
05/06/2006
AMÉRICA VALENZUELA (elmundo.es)
'Lunar Park', la última novela de Bret Easton Ellis, describe una sociedad americana plagada de niños medicados para paliar la depresión o el déficit de atención. Una crítica o una visión del futuro hacia el que apunta la tendencia actual. Un estudio recién publicado por la revista médica 'Archives of General Psychiatry' señala que el uso de antipsicóticos entre niños y adolescentes ha aumentado vertiginosamente en los últimos años.
El análisis de los datos de las visitas de menores de 20 años a las consultas de salud mental indica que el número de pacientes de esa edad medicados con antipsicóticos en EEUU ha aumentado de 201.000 en 1993 a 1.224.000 en 2002. Un incremento de casi seis veces.
Los antipsicóticos se prescriben a personas con trastornos mentales que incluyen desconexión de la realidad. Sin embargo, en los últimos años, tanto en EEUU como en España, se están utilizando para tratar patologías no psicóticas, como trastornos de conducta generalizados en los que prima la impulsividad y la agresividad. En muchos casos, los antipsicóticos resultan positivos a la hora de tratar estos síntomas.
Un tercio de los niños que participaron en el estudio recibía antipsicóticos por trastornos del comportamiento, con déficit de atención incluido; otro tercio presentaba síntomas psicóticos; y el resto sufrían desórdenes del estado de ánimo. Además, cerca de un 40% tomaba otro psicofármaco aparte del antipsicótico.
El estudio considera que el aumento de los pacientes pediátricos medicados con antipsicóticos atípicos -a pesar de que la institución que regula los fármacos en ese país, la FDA, no haya aprobado su uso en menores- se debe a las evidencias de que este tipo de antipsicóticos tienen menos efectos secundarios indeseados, como un menor riesgo de síndrome metabólico o temblores. Pero estas evidencias están fundamentadas en ensayos clínicos sobre pacientes adultos.
Necesidad de estudios sobre niños
Por eso, los autores insisten en que "son necesarios estudios controlados para determinar las condiciones clínicas para las que los antipsicóticos de segunda generación son efectivos y seguros". Recuerdan que es importante utilizar el beneficio terapéutico de estos fármacos, pero no hay evidencia científica de que los efectos secundarios sean iguales que en los adultos.
El cerebro de los infantes y de los adolescentes está en pleno desarrollo y los efectos adversos de los antipsicóticos sobre ellos pueden no ser como los de los individuos adultos. De la misma forma, el aumento de peso que provocan estos fármacos puede ser un efecto mucho más grave en un cuerpo de niño que en un individuo adulto.
Entre los antipsicóticos atípicos se encuentran la clozapina, risperidona, olanzapina y quetiapina. Para patologías muy concretas sí existen estudios sobre niños. Por ejemplo, se ha confirmado la utilidad de la risperidona para tratar la irritabilidad en ciertos casos de autismo. También la clozapina ha resultado ser más eficaz que el haloperidol (un antipsicótico clásico) en niños con trastorno esquizofreniforme.
http://elmundosalud.elmundo.es/elmundosalud/2006/06/05/neurociencia/1149530285.html
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PSICOFARMACOS E INFANCIA; Patología de mercado
Psicofármacos y niños, niños y psicofármacos, no son palabras que suenen bien juntas, y la conjunción hace algo de ruido en oídos acostumbrados a considerar a la infancia como un territorio luminoso, de tiempos lentos, libertades y juegos. Pero cambios en la cultura, en la educación y en las formas de entender y ejercer la medicina, además de intereses económicos, entre otros innumerables factores, están revirtiendo esta situación.
Niños y psicofármacos, en efecto, aparecen cada vez más asociados en ciertos discursos científicos, en las voces de algunos padres, en artículos periodísticos y, sobre todo, en las agendas de marketing de los grandes laboratorios farmacéuticos.
"En nuestro país el aumento de venta de psicofármacos para niños es muy intenso y se encuentra liderado por el metilfenidato, cuyo consumo se ha cuadruplicado entre 1994 y 1999", señala en su libro Fantasmas y Pastillas el psicoanalista Juan Vasen (*), uno de los profesionales que, preocupados por este problema, elevaron al ministerio de Salud una carta abierta donde alertan sobre los riesgos de administrar estos medicamentos "como solución mágica frente a las dificultades escolares". La venta de metilfenidato pasó de 10.700 unidades de 30 comprimidos a 39.000 en 1999.
Según la consultora IMS, entre enero y septiembre de 2005 se vendieron en la Argentina 74.514 cajas de metilfenidato, lo que representaría, para todo el año, 99.352 cajas (es decir, un 900% más que las vendidos en 1994). Se trata de una droga cuya inocuidad está, cuanto menos, en discusión: es un estimulante, derivado de la anfetamina, cuyo volumen de ventas, sobre todo en los Estados Unidos, constituye, según la revista inglesa New Scientist, "uno de los fenómenos farmacéuticos más extraordinarios de nuestro tiempo". Más del 9% de los niños estadounidenses están medicados con esta droga. Aunque los laboratorios insisten en su inocuidad, la DEA (Drug Enforcement Administration), por citar solo un ejemplo, considera al metilfenidato como una sustancia de "alto potencial para el abuso", y la coloca en la misma lista de riesgo que la cocaína o las anfetaminas.
La FDA (Food and Drug Administration) registró, entre 1999 y 2003, 25 de casos de muerte súbita por uso de metilfenidato y anfetaminas, 19 de ellos en menores de 18 años. Por ese motivo, el Comité de Seguridad de Medicamentos de ese organismo recomendó incluir en los prospectos de este fármaco una advertencia de recuadro negro, que indica que su uso conlleva riesgo de muerte.
Según Pedro Kestelman, médico principal de Salud Mental del Hospital Garrahan, "en los suburbios del norte de nuestra ciudad hay colegios que tienen hasta un 30 por ciento de chicos medicados con psicoestimulantes".
El profesional destaca la clara asociación entre el uso de estos medicamentos (cuyos precios llegan hasta los 350 pesos) y el nivel socioeconómico.
El diagnóstico responsable de este fenómeno es el llamado Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH o ADD, sus siglas en inglés), un rótulo que, cada vez con más frecuencia, es colocado a millones de chicos en todo el mundo, a pesar de que su carácter de "enfermedad", así como las formas de diagnóstico y tratamiento, son motivo de frecuentes polémicas. "El TDAH forma parte de un grupo de síndromes que se encuentran bajo sospecha por parte de la ciencia –sostiene una investigación de la Universidad de Lausanne, Suiza– ya que dependen en gran medida de la imagen deseada que se tiene del niño y del umbral de tolerancia de educadores, padres y maestros".
Pero incluso en los Estados Unidos, cuya psiquiatría es la "descubridora" –o, si se prefiere, la "inventora"– del TDAH, hay profesionales, como el médico Lawrence Diller, para quienes "el TDAH es un fraude", y lo repiten en libros y revistas, mientras los laboratorios despliegan campañas multimillonarias de seducción de padres que, en general, tienen poca paciencia y una gran necesidad de soluciones tan fáciles, rápidas y engañosas como el fast food.
En nuestro país, los 150 profesionales que suscribieron la carta abierta al ministerio de Salud (Beatriz Janin (*), Sara Slapak, Silvia Bleichmar; Ricardo Rodulfo, Emiliano Galende, José Kremenchuzky, entre otros) advierten que "los niños son medicados desde edades muy tempranas, con una medicación que no cura", debido "a una concepción reduccionista de las problemáticas psicopatológicas. Se hacen diagnósticos y hasta se postulan nuevos cuadros a partir de observaciones y de agrupaciones arbitrarias de rasgos, a menudo basadas en nociones antiguas y confusas. Es el caso del llamado síndrome de déficit de atención con y sin hiperactividad".
En cambio, el psiquiatra Claudio Michanie, jefe de la sección Niños y Adolescentes del Departamento de Psiquiatría del Cemic, considera que el TDAH es "uno de los problemas más comunes de la infancia", porque "lo padece aproximadamente el 5% de la población infantil, según estimaciones conservadoras, y es tres veces más frecuente en los varones que en las niñas". Se trata, según dice el profesional en un trabajo publicado en la revista de la Fundación TDAH, de "una patología de base biológica que se expresa, principalmente, a través de manifestaciones conductuales, con tres características principales: inatención, impulsividad e hiperactividad". Como muchos otros neurólogos y psiquiatras, Michanie sostiene no solo que la medicación es conveniente, sino que debería usarse más. En el diario La Nación, aseguró que en nuestro país hay "entre 15.000 y 20.000 chicos en tratamiento. Si nos guiamos por la prevalencia, que alcanza el 5%, debería medicarse a 500.000 chicos".
Dado que el TDAH carece de indicadores biológicos que puedan ser detectados a través de algún tipo de estudio o análisis, el diagnóstico es "eminentemente clínico y requiere de un profesional idóneo que sepa hacer las preguntas pertinentes de manera de poder obtener información relevante", tal como explica Michanie. Estas preguntas han sido estandarizadas en cuestionarios que suelen ser administrados a padres y docentes, y el "puntaje" obtenido en función de las respuestas es determinante para catalogar a un niño como TDAH. Y están basadas en el Manual diagnóstico y estadístico de enfermedades mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (conocido como DSM IV).
Según el manual y la escala de puntaje de síntomas, los niños TDAH cumplen, entre otras, las siguientes condiciones: "frecuentemente tienen dificultades en organizar sus tareas y actividades; frecuentemente son distraídos por estímulos irrelevantes; frecuentemente corren y/o trepan en exceso en situaciones en las que es inapropiado hacerlo; frecuentemente comienzan a contestar o hablar antes de que la pregunta se haya completado; frecuentemente interrumpen o se entrometen en las actividades de otros; frecuentemente hablan en exceso".
Preguntas con trampa
Además de ser ambiguos (¿Qué es "en exceso"? ¿Qué es "frecuentemente" ¿Cuándo debería hablar un niño? ¿Cuánto debería hablar un niño? ¿Hasta dónde podría correr o saltar para no cometer excesos?), los criterios de evaluación remiten en general, más que al sufrimiento del niño, al grado de molestia que sus "síntomas" provocan en otros, obviamente adultos, encargados además de transmitir al médico la información, cuando es muy probable que ellos mismos, como padres o maestros, estén implicados –y tengan alguna responsabilidad- en el complejo entramado de relaciones en el que se desarrollan el niño y su inatención o su hiperactividad.
De este modo, insiste la carta al ministerio de Salud, "se banaliza tanto el modo de diagnosticar como el recurso de la medicación. En el límite, cualquier niño, por el mero hecho de ser niño y por tanto inquieto, explorador y movedizo, se vuelve sospechoso de padecer un déficit de atención". Pero también puede ocurrir lo contrario: que la medicación enmascare síntomas que, en realidad, responden a patologías más graves. "Nos hemos encontrado –continúa el documento– con niños en los que se diagnostica TDAH cuando presentan cuadros psicóticos, otros que están en proceso de duelo o han sufrido cambios sucesivos (adopciones, migraciones, etcétera); es habitual también este diagnóstico en niños que han sido víctimas de episodios de violencia, abuso sexual incluido". En estos casos, la medicación tiende a "acallar los síntomas, sin preguntarse qué es lo que los determina ni en qué contexto se dan".
Docentes y padres han denunciado que en escuelas del Gran Buenos Aires les fueron entregados de un modo más o menos misterioso copias de tests para el diagnóstico de TDAH, lo que llevó a la dirección de Psicología y Asistencia Social Escolar bonaerense a emitir una circular donde se califica como negativa "la difusión y/o aplicación de cuestionarios que impliquen la detección de niños con supuesto Síndrome de Déficit Atencional". También la directora de escuelas de la provincia, Adriana Puiggros, declaró su intención de "combatir este diagnóstico fácil". En tanto, los diputados María Ríos, Ariel Basteiro, Eduardo Macaluse, Héctor Polino y Jorge Rivas, entre otros, presentaron un pedido de informes al ministerio de Salud donde preguntan si "es de su conocimiento la existencia de planillas diagnósticas que son cumplimentadas por personal docente a pedido médico, proporcionadas en algunos casos por los mismos laboratorios productores de especialidades farmacéuticas para el tratamiento de TDAH". Hasta ahora, el ministerio no ha respondido estas preguntas ni estuvo en condiciones de brindar, ante la solicitud de Acción, ningún dato sobre la venta de psicoestimulantes para niños.
Los laboratorios niegan cualquier relación con estos cuestionarios y aseguran que solo realizan acciones promocionales en el cuerpo médico. Sin embargo, en los sitios web de muchos de los medicamentos usados para tratar el TDAH se reproducen guías para padres y maestros, además de los mismos cuestionarios que fueron encontrados en las escuelas. Y entre los vínculos recomendados, están los sitios de algunas de las organizaciones sin fines de lucro que se dedican a investigar y difundir la problemática del TDAH.
Al parecer, estos vínculos no son solo virtuales. En los Estados Unidos, cuenta Vasen en el libro Fantasmas y Pastillas, una organización sin fines de lucro, llamada Children and Adults with Attention-Defficit/Hiperactivity Dissorder Association pugnó por clasificar al TDAH como "discapacidad". "Los objetivos eran la recepción de subvenciones (para tratamientos y compras de medicamentos) de nada menos que quince millones de estadounidenses. Pero ciertos inconvenientes surgieron al detectarse que los laboratorios productores de metilfenidato donaron casi 900.000 dólares a la asociación en cuestión".
El problema no es que se medique, sino que se medique indiscriminadamente y que solamente se medique. Los fármacos alivian los síntomas, pero no dicen nada sobre sus causas. En palabras de Vasen, "es inaceptable una conducta terapéutica exclusivamente farmacológica, no hay ninguna situación que se resuelva exclusivamente con un enfoque farmacológico".
Barbara Ingersoll, autora de un célebre libro sobre el TDAH, Tu hijo hiperactivo, publicado a fines de los 80, señala que, dado que las dificultades del estos niños son causadas por disfunciones físicas del cerebro, no tiene mucho sentido recurrir a métodos psicológicos para aliviarlas. En nuestro país, organizaciones como la Fundación TDAH desaconsejan explícitamente el recurso a las "terapias interpretativas" (psicoanálisis) y sostienen que "el tratamiento que ha demostrado una mayor respuesta es la medicación estimulante atencional".
La pastilla resuelve varios problemas: "organiza el conocimiento" (tal el eslogan de uno de los laboratorios), provoca, en palabras de los investigadores de la Universidad de Lausanne, "un niño más fácil y manejable", resuelve problemas de disciplina en la escuela y ofrece un plus de motivación química cuando los contenidos escolares, o las formas de enseñanza, no logran despertar el interés de los alumnos. Evita a padres y maestros la incómoda tarea de interrogarse sobre sus prácticas y su relación con los chicos, a las obras sociales el costo de tratamientos psicoterapéuticos más prolongados y a los laboratorios, como señala el pediatra Kremenchuzky, les ofrece "una nueva aplicación para un producto que tenía poca salida y ahora se vende en forma masiva". Lo que no queda claro es cuál es el beneficio para el niño: convertida su subjetividad en "conducta", su entusiasmo en "dificultad para esperar", su movimiento en hiperactividad y su angustia en biología, no es escuchado ni tenido en cuenta como un ser humano que tiene algo para decir sobre aquello que le pasa. El niño, supuesta razón de ser de los loables esfuerzos de las investigaciones neurobiológicas y farmacológicas, parece ser, al fin y al cabo, el gran ausente en esta historia.
Marina Garber
JUAN VASER; "Los medicamentos no enseñan nada"
"Vivimos en una sociedad que tiene un ritmo ‘cocaínico’, y para muchos es difícil engancharse en los ritmos sociales si no se utilizan algunas sustancias –dice el médico Juan Vasen, especialista en psiquiatría infantil del Hospital infanto-juvenil Carolina Tobar García y autor de Fantasmas y Pastillas, entre otros libros dedicados a explorar, desde una perspectiva crítica y psicoanalítica, la situación de la infancia en las sociedades contemporáneas–. Los chicos llegan a un mundo que funciona bastante rápido, un mundo que a veces no termina de admitir cierta lentitud y cierto proceso subterráneo que se da en la apropiación de ese mundo por parte de los chicos. Es en ese contexto que aparecen niños que están demasiado solicitados por estímulos con los cuales no pueden configurar algo estable que les permita aprehenderlos, organizarlos, hacerlos propios.
– ¿Cómo definiría al trastorno por déficit de atención?
–Creo que no es más que un conjunto de síntomas estructurados más o menos lógicamente. Pensar que todo chico que tiene dificultades en la atención padece de TDAH es un abuso. Y la tendencia a sobrediagnosticar es potenciada, además, porque la tolerancia en las escuelas, que es de donde parten en general los diagnósticos, es cada vez menor.
–Si estuviera bien diagnosticado, ¿se podría decir que es una enfermedad y que responde siempre a las mismas causas?
–No. Hay quienes plantean que es un cuadro genético, hereditario, con bases fisiológicas o neurológicas, cosa que me parece muy discutible porque se está poniendo en el plano de la biología una especie de causa última, y en realidad, como humanos estamos hechos de otras cosas además de la biología. Las moléculas que yo contengo en mi cerebro son semejantes a las que tienen otros en sus cerebros, mientras que mis fantasmas, mis dimensiones inconcientes personales, son absolutamente singulares, son irrepetibles. Entonces, hay un abordaje, el farmacológico, que pierde y deja de lado, necesariamente, la singularidad. Esto se potencia cuando el abordaje farmacológico del problema se convierte en el único abordaje, esto ya es prácticamente iatrogénico. A esto llamo yo la medicalización.
– ¿Ese es el abordaje dominante?
–Sí, responde a un paradigma de época que consiste en la promesa de encontrar una respuesta técnica a problemas complejos. Es muy fascinante, muy seductor, es muy limpio aparentemente, porque uno no se involucra sino que objetiva un problema: ahí está el problema y yo intervengo sobre el problema, yo no tengo problemas. Eso es muy tentador. Además, hay un interés fuerte que sería hipócrita por parte de los laboratorios negar, en generar un mercado del sufrimiento infantil.
– ¿A veces es necesario medicar?
–Hay chicos con los cuales no se puede realizar un abordaje psicoterapéutico si no media una tranquilización. En el abordaje psicoanalítico, el chico tiene que estar al menos en condiciones de jugar, y a veces un chico muy agitado, muy replegado, no está en condiciones de hacerlo. En esos casos, si uno toma al medicamento como parte de un tratamiento que apunta a la producción de subjetividad, eso puede estar indicado transitoriamente. Ahora, si lo que uno pretende es acallar síntomas, entonces estamos haciendo iatrogenia. Y hay otra cuestión que reconoce cualquier psicofarmacólogo: los medicamentos no enseñan nada.
BEATRIZ JANIN; La exclusión y la angustia
Beatriz Janin es psicóloga y dirige la Carrera de Especialización en Psicoanálisis con Niños de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. En su libro Niños desatentos e hiperactivos, plantea un enfoque crítico de las teorías dominantes sobre el trastorno de déficit de atención con hiperactividad. "Los medios –asegura– se refieren a este tema como una epidemia, como si de repente hubiera muchísimos chicos hiperactivos y desatentos. Y, casualmente, esto surge a partir de que se arma el síndrome y aparece la medicación. Los mismos chicos de los que antes se decía "son distraídos, son muy inquietos," empezaron a tener categoría de patología.
– ¿Qué cambió?
–Una de las cosas que cambió es el tipo de sociedad. La nuestra es una sociedad poco contenedora, los adultos están rebalsados por muchas cosas, están mucho menos tolerantes, los chicos están poco contenidos, y eso los puede llevar a que estallen con más facilidad, o a que se entristezcan con más facilidad y se replieguen.
–En realidad, el sentido común diría que vivimos en una época de tolerancia y de crianzas no represivas.
–Yo tengo la impresión de que se les otorga a los chicos un lugar central y después todo el mundo se desespera de ese lugar que se les otorga.
– ¿El problema es fundamentalmente en la escuela?
–También se da en las familias, pero te diría que el 90 por ciento de las consultas son a pedido de la escuela. Es en la escuela donde el chico fracasa, y el fracaso resulta insoportable para los padres, porque es el lugar donde el chico se expone a la mirada social. Lo que molesta tanto es que no cumplen con lo esperado. Y esto tiene que ver con una necesidad de que el chico haga todo y bien, y que rinda. Eso se da en todas las clases sociales: la sociedad se ha vuelto excluyente. La idea es que la gente está como por un borde y se puede caer en cualquier momento. Todos podemos llegar a ser marginales. Si un chico no cumple con los requisitos de la escuela, la sensación es que se va a caer del sistema.
– ¿La escuela manda al chico directamente al neurólogo?
–Si lo que aparece es desatención e hiperactividad, la vía va muy directa al neurólogo, o a un psicopedagogo que a su vez envía al neurólogo, y de ahí a la medicación. Y a veces se hace el diagnóstico y se medica en diez minutos. Yo creo que muchos de los chicos que son diagnosticados de esta manera necesitan ayuda, porque están sufriendo y lo muestran como pueden. Pero en vez de detectarse ese sufrimiento, lo que se hace es meterles un cartel. Los chicos muchas veces plantean las cosas en términos de "soy ADD y por eso hago esto así". O te pueden decir "no tomé la pastillita y por eso me porto mal".
– ¿Los médicos no hablan con los chicos?
–Cuando se manejan las cosas con cuestionarios, en general los médicos suelen dirigirse directamente a los padres. Es difícil que alguien se acerque y le pregunte al chico, y le dé tiempo para que entre en confianza y pueda empezar a hablar.
http://www.acciondigital.com.ar/01-08-06/informe.html
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domingo 29 de abril de 2007
¿POR QUÉ DROGAMOS A NUESTROS HIJOS?
Un educador llama nuestra atención sobre nuevas prioridades - Una discusión más profundizada de las causas y de los efectos
¿Por qué drogamos a tantos de nuestros hijos y qué podemos hacer contra esto? Un estudio publicado en la edición de junio del 2006 de los Archivos de psiquiatría general (Archives of General Psychiatry) demostró que el uso de neurolépticos para tratar a niños y adolescentes incrementó de más de cinco veces entre 1993 y 2002. Hace seis años, la Administración federal estadounidense de implementación de las leyes sobre las drogas (Federal Drug Enforcement Administration) declaró ante el Congreso que antes de 1991 las ventas de metilfenidato, el compuesto de la Ritalina y medicamentos de otras marcas que se recetan a menudo a los jóvenes sufriendo del dicho "Trastorno por deficiencia de atención con hiperactividad" (TDAH), se había mantenido estable. Pero hasta 1999, las ventas casi aumentaron del 500 por ciento, con un incremento del 2.000 por ciento en las ventas de anfetamina (también utilizada en el tratamiento del TDAH) en un periodo de nueve años.
¿Son conscientes o preocupados los educadores, los padres y los ciudadanos por este tremendo incremento en la prescripción de medicamentos psiquiátricos en los jóvenes? Si se recetara la misma cantidad de medicamentos para enfermedades físicas, los profesionales médicos y los líderes políticos estarían alarmados. Quisieran saber por qué. ¿Cómo se puede explicar el uso creciente de medicamentos psicoactivos? ¿Por qué este fenómeno se produce aquí y no en otros países industrializados? (En 1999, las Naciones Unidas declaró que Estados Unidos es el país que produce y consume acerca del 85 por ciento de la producción mundial de metilfenidato.)
La situación no es nada simple. ¿Ha habido un aumento del conjunto de comportamientos que corresponden al TDAH? Si es el caso, ¿cuáles son las razones? Unas de las causas posibles podrían ser las siguientes:
-Cambios de dietas para los niños (más azúcar, grasa y aditivos químicos por ejemplo).
-Contaminación del medio ambiente o ingestión maternal de drogas ilegales o de medicamentos que pueden afectar al sistema nervioso de los jóvenes.
-Presión creciente ejercida sobre los niños de parte de la escuela y de la familia para satisfacer expectativas irrealistas y para tener buenos resultados en pruebas estandardizadas.
-Reducción de las posibilidades de creatividad en la escuela y de las oportunidades proporcionadas al niño para que piense de manera independiente, que juegue y que haga ejercicio.
-Los niños tienen menos oportunidades, fuera de la escuela, de estar en el ámbito natural.
-Falta de interés creciente por la escuela de parte de los estudiantes.
-Incremento en el tiempo que los jóvenes pasan delante de aparatos electrónicos.
Por otra parte, puede ser que el comportamiento de los jóvenes no haya cambiado mucho. Si es el caso, el aumento de prescripciones se podría explicar por uno o por el conjunto de los motivos siguientes:
-El público es más consciente de la posibilidad de suprimir los comportamientos no deseados con medicamentos.
-Presiones socio-económicas que hacen que los adultos tengan menos paciencia y que presten menos atención a la energía y a las emociones normales de los jóvenes.
-Campañas publicitarias por las empresas farmacéuticas que tienen como propósito el incremento de sus beneficios.
-Deseo de encontrar soluciones fáciles para resolver situaciones psicológicas y sociales que nos incomodan.
-Los educadores, los padres y los profesionales médicos deberían comprometerse seriamente en debatir sobre este fenómeno y sus posibles causas, las cuales pueden ser otras influencias ausentes en esta lista. Sería útil tener datos precisos sobre las ventas de neurolépticos, las tasas de prescripción a los niños y el riesgo de tener efectos negativos en la salud (incluso el suicidio). Sin embargo, es difícil conseguir estas informaciones.
Cualquiera que sea la explicación, el fenómeno plantea la cuestión de los derechos y de la libertad de los jóvenes. Aunque no sea abogado, dudo de que los niños tengan el derecho a rechazar el uso de esos medicamentos. Sin embargo, los medicamentos psiquiátricos presentan riesgos conocidos y desconocidos. Hace poco, un grupo de expertos de la " Food and drug administration" estadounidense, encargado de la creación de protocolos para probar los medicamentos recetados a los jóvenes con TDAH, recomendó que se impusiera una etiqueta en la Ritalina y medicamentos similares para advertir que el medicamento presenta el riesgo de causar infartos ("Cardiac Cases Raise Concerns Over Drugs for ADHD," 22 de febrero del 2006.)
Eso me recuerda el libro para niños llamado The Big Box (La Caja Grande) escrito por el Premio Nobel Toni Morrison y su hijo. Escribe sobre tres jóvenes que están encerrados en una sala (la caja) bonita y abastecida por adultos que no pueden manejar la libertad de las jóvenes. Cada uno pronuncia una variante de la frase siguiente:
"Si los búhos pueden chillar
Y los conejos saltar
Y los castores mascar árboles cuando lo necesitan, ¿
Por qué no puedo ser un niño como cualquier otro;
Que no tenga que gestionar su libertad?
Sé que ustedes son inteligentes y sé que piensan que están haciendo lo mejor para mí
Pero si la libertad se gestiona a su manera,
Entonces no es mi libertad propia."
Yo creo que gran parte del aumento del consumo de neurolépticos se debe a que los adultos tienen dificultades para gestionar los comportamientos y las emociones de sus hijos. Es imposible probarlo pero si se le recetan medicamentos a tan sólo un niño porque su comportamiento incomoda a los adultos, se trata de una injusticia grave. Los niños tienen derecho a ser si mismos mientras crezcan, a ser amados y apoyados, y a que los adultos que los quieren presten atención a sus emociones. Si sus comportamientos son inconvenientes o difíciles de controlar para los adultos, sería conveniente proporcionar apoyo emocional a los adultos para que pudieran gestionar de manera constructiva el comportamiento de los jóvenes en vez de recurrir a los medicamentos.
Cuando tantos niños tienen que tomar medicinas para aguantar la escuela, deberíamos contemplar modificar las escuelas para que sean lugares más agradables para los jóvenes. Podríamos empezar por preguntarnos qué tipo de escuela ayudaría a los jóvenes a tener vidas llenas de sentido en vez de evaluar el éxito de las escuelas en función de los resultados de los estudiantes en pruebas estandardizadas.
No estoy diciendo que los padres y los profesionales educativos actúan así a propósito. Los padres y los educadores son buenas personas que necesitan mejores sistemas de apoyo e informaciones para que poder pensar en mejores soluciones que los medicamentos. No estoy diciendo tampoco que los jóvenes no tengan comportamientos perturbadores e irracionales. Sí tienen, pero opino que muchos de esos comportamientos se deben a la rigidez de las instituciones o a experiencias dolorosas que no se han curado.
Aunque los educadores no sean terapeutas, mucho de lo que hacen afecta la salud emocional de sus estudiantes. Reprimir los procesos fisiológicos naturales de liberación de las emociones es dañino para los niños. Escribí sobre este tema en Ripples of Hope, pero quizás la mejor percepción viene del poeta persa Jalaluddin Rumi en el siglo XIII:
La nube llora y el jardín brota.
El bebé llora y la leche de la madre corre.
La nodriza de la creación dijo, déjalo llorar mucho.
Esta lluvia y el calor del sol se entremezclan para dejarnos crecer.
Mantenga tu inteligencia aguda y tu pena brillante para que tu vida siga siendo fresca.
Llora a gusto como un niño.
Rumi sabía de la relación entre llorar y la inteligencia hace casi ocho siglos. Sin embargo, en las mismas instituciones que tienen la responsabilidad de desarrollar la inteligencia de los niños, llorar y otras formas de liberación de las emociones se suelen reprimir o ridiculizar. Esto tiene que cambiar.
Cuando los niños tienen pena, lloran; cuando tienen miedo, tiemblan o ríen (si sólo les da un poco de miedo o que están avergonzados); cuando tienen frustraciones, se enojan. Nadie le enseña a un niño a llorar, temblar, reír o enojarse. Es una respuesta natural a experiencias difíciles. Si los niños pudieran liberar sus emociones tanto como lo necesitan, podrían reponerse de esta pena. Serían más atentos para aprender. En nuestra sociedad sin embargo, los procesos de recuperación naturales no pueden tener lugar en la mayoría de los casos; por lo tanto se acumulan los daños.
Todos los niños de 4 años que he conocido tienen ansias por empezar la escuela porque a los 4 años uno quiere explorar, jugar y aprender. Sin embargo, diez años después, muchos de estos niños ya no tienen interés por la escuela. Un informe publicado en 2003 por el National Research Council (Consejo nacional de investigación) estableció que "entre el 40 y el 60 por ciento de los estudiantes del liceo faltan crónicamente de interés; no están atentos, proporcionan poquito esfuerzo, no hacen sus tareas y declaran sentirse aburridos." El informe añade que esta cifra no incluye a los que ya han dejado la escuela antes. Si la sociedad concibiera escuelas que satisfacen las necesidades de los jóvenes, en vez de forzar los estudiantes a cumplir con las necesidades de la escuela, se comprometerían más.
Qué podrían hacer los educadores para cambiar esta tendencia creciente de prescripción de medicamentos y para luchar contra el desinterés por la escuela? Aquí van unas sugerencias:
-Apoyar a los padres para que eviten recurrir a los medicamentos para sus hijos. Ayudarles a aprender a jugar con sus hijos y a prestar atención a sus emociones.
-Trabajar en organizaciones políticas y profesionales para cambiar las políticas a nivel federal, estatal y local, que hacen de las escuelas lugares menos agradables para los jóvenes.
-Reducir el enfoque en las pruebas y en los resultados como criterio de evaluación de la calidad de la educación.
-Asegurarse de que los programas educativos incluyan posibilidades de elegir entre varias asignaturas (como arte, música y tecnología) para que los estudiantes desarrollen sus intereses creativos.
-Incluir mucho tiempo para actividades espontáneas e informales y pausas (recreos) y oportunidades para disfrutar de los deportes (sin presión por ganar).
-Aumentar las oportunidades de contacto entre los jóvenes y la naturaleza.
-Apoyar a los profesores para que puedan crear aulas en donde los niños tengan la libertad de ser si mismos.
-Proporcionar apoyo emocional a los jóvenes, a los profesores y a los padres para que puedan desarrollar plenamente su energía y su creatividad.
-Educar a los padres y a nosotros mismos sobre los peligros de los medicamentos, recordando que las campañas publicitarias pueden evitar revelar cuales son los efectos negativos del uso de esas drogas.
-Respetar a los jóvenes como seres humanos enteros dotados de inteligencia, de saber y de emociones. Aún más importante, entender que ser humano implica tener emociones y liberarlas cuando duele.
-Garantizar un respeto total para los jóvenes va a requerir una reorganización drástica de nuestras políticas y de nuestras prioridades. ¡Empecemos!
Julian Weissglass es profesor en el departamento de educación de la Universidad de California, Santa Bárbara, y el director de la Coalición Nacional para la Equidad en materia de Educación.
Por Julian Weissglass; Copyright Julian Weissglass, Director National Coalition for Equity in Education (Reprinted by permission)
http://www.notjustskin.org/es/behavioral_medication.html
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