Suffering is part of our training program
for becoming wise. Ram Dass
No dejes de creer que las palabras y
las poesías sí pueden cambiar el mundo.
Walt Whitman
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Suffering is part of our training program
for becoming wise. Ram Dass
Posted at 01:34 AM | Permalink | Comments (0)
Always say yes to the present moment. What could be more futile, more insane, than to create inner resistance to what already is? What could be more insane than to oppose life itself, which is now always now?
Surrender to what is. Say yes to life and see how life suddenly starts working for you rather than against you.
Posted at 07:26 PM | Permalink | Comments (0)
Roberto Matosas
Al leer esta sugerencia recordé un libro excelente de Juan Domingo Arguelles: Escribir y leer (con los niños, los adolescentes y los jóvenes) de editorial Oceano (2010), que recomiendo enfáticamente! Del mismo quiero compartir algunas ideas del autor, reflexiones de un lector inveterado, cuyo objetivo principal en la vida no ha sido leer libros sino tratar de ser feliz. No vivir para leer, sino leer para vivir o, mucho mejor, leer un poco para vivir algo más.
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho com mis ojos a los muertos
El día que el corazón aprenda a leer y a escribir
se verán cosas grandes.
Posted at 01:55 AM | Permalink | Comments (0)
A veces todo se nos hace cuesta arriba. Nos falta energía para seguir luchando. Nos sentimos incomprendidos, solos e ignorados. Un momento: pare, descanse, medite, recargue.
Hace meses que estoy empujando para que mi empresa obtenga resultados, pero no llegan. Estoy cansado", me dice Hans. "He invertido tanta ilusión, emoción, tiempo y dinero, que cuesta dejar de luchar por ello. Estoy atrapado en esta espiral: no dejo de luchar por todo lo que he invertido, pero los resultados nulos me dan señales para que lo deje, ya que parece ser un callejón sin salida. Me cuesta tomar la decisión. Además, con mi mujer hace tiempo que la relación está estancada, me siento vacío. He invertido mucho en esta relación, pero me doy cuenta de que tampoco tiene futuro. Estoy agotado de empujar y luchar sin obtener resultados en ningún frente".
"Me agota la pasividad de la gente. Me canso intentando cambiar a los demás y no lo consigo. Me agota ver a mi madre haciéndose la víctima"
"No permita que su mente se obsesione y su corazón siga anclado en lo ocurrido. Piense que todo es una gran comedia cósmica"
"Si convertimos la vida en una continua expectativa, en una continua demanda, en una continua lucha", nos dice Javier Melloni, "nuestra agonía crece incesante e incansablemente, porque hay una dinámica en el deseo que tiene siempre un punto de insatisfacción".
Luchamos, empujamos, tiramos del carro como Hans, y acabamos sintiendo un agotamiento emocional y mental que consume la cuenta de energía personal dejándola bajo mínimos. Recibimos señales de que no vamos por buen camino; sin embargo, continuamos en la misma senda. Confiamos en que nuestra energía es ilimitada, y no paramos para reponer fuerzas. El agotamiento acaba siendo tal que tenemos un trancazo y no podemos más.
Cuando finalmente escuchamos las señales, vivimos una decepción. Nuestras expectativas nos han llevado a sentirnos defraudados. Entonces empiezan los reproches, los malos humores, los conflictos entre lo que ha sido, lo que es y lo que nos gustaría que fuera. Nuestra confianza se ha resquebrajado. Uno siente el fracaso de su proyecto emocional, la ingratitud del otro hacia él y su entrega, y la rabia por todo lo que está sucediendo. Esto le deja extenuado. Sin embargo, al leer las señales vivimos la autenticidad de la situación, conectamos con lo que es verdadero y eso nos libera de vivir en la mentira. Aunque al principio la verdad nos duela, finalmente nos ayuda a recuperar nuestra dignidad y a posicionarnos en nuestro poder interior.
ELIJAMOS BIEN NUESTRA LUCHA
"Uno sabe cuándo un lugar
es su lugar" (Leonora Carrington)
Seamos conscientes del desgaste mental y emocional que suponen ciertas luchas. ¿Hemos elegido bien la lucha en la que nos hemos metido? ¿Merece la pena pagar el precio que nos supone? ¿Podemos reflexionar sobre las alternativas posibles? ¿O estamos tan absortos en conseguir el éxito en esa lucha que no somos capaces de dar un paso atrás para tomar distancia y observar con mayor objetividad si queremos estar ahí? Nuestro crítico interno dirá: no tengo alternativa. Pero esa percepción nos limita. Podemos elegir mejor la lucha en la que queremos invertir nuestro tiempo. La opción está en nuestras manos: desapegarnos y cambiar, o seguir aferrándonos.
REPONER FUERZAS
"Cada mañana estrena
un nuevo día, y yo también mi terca valentía" (Eladia Blázquez)
"Estoy agotada", me dice Rocío. "En el trabajo no me hacen caso, ni me ven ni reconocen mi valor. Además, mi madre lleva cinco meses en el hospital, le amputaron una pierna, luego le salieron llagas, no cicatrizó bien, y cuando íbamos a traerla a casa, durante una sesión de rehabilitación en el hospital, se cayó y se rompió el fémur de la única pierna que tiene. Sigue hospitalizada. La comida que le dan es pésima, por lo que al salir de trabajar le llevo comida a diario. No puedo más".
Ante realidades como esta, necesitamos ir hacia nuestro interior para reponer fuerzas. Nuestro agotamiento aumenta cuando al pesar que nos provocan nuestras circunstancias le añadimos los pensamientos negativos y sentimientos de desánimo. Quizá no podemos cambiar lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, pero sí que podemos decidir qué actitud adoptar y qué permitimos que ocupe nuestra mente. No perdamos de vista nuestras prioridades: nuestra salud mental, emocional y corporal son importantes. Cuando nos agotamos y desanimamos, nuestra capacidad disminuye. Aprendamos a crear pensamientos que eleven nuestro ánimo.
Nos puede ayudar esta reflexión: recuerda un momento de tu vida en el que te sentiste pleno y pletórico. ¿Cómo estabas? ¿Qué estaba ocurriendo en ti? ¿Cómo te sentías? Invoca de nuevo esa vivencia, haz que arraigue más en ti. Y desde esa plenitud afronta la vida con toda tu energía. No permitas que las circunstancias ni las personas absorban tus fuerzas, no dejes que tu propia mente sea tu enemiga creando miles de pensamientos inútiles y debilitadores. Tú mandas sobre tu mente.
CAMBIAR AL OTRO
"Debemos ser un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el cual darán el salto" (Natalia Ginzburg)
"Me agota ver la pasividad de la gente. No mejoran ni se comprometen", me cuenta Jonathan. "No les importa el planeta, dónde compran, en qué gastan, no se hacen responsables de nada. Viven desde la pasividad. Me agota porque quiero cambiar el mundo. Me canso intentando cambiar a los demás, y no lo consigo. Me agota ver a mi madre siempre haciéndose la víctima, no hace caso de mis consejos".
"Estoy cansada de repetir las cosas y no conseguir cambios, repetir y que no me escuchen mis hijos", afirma Pilar. Cuando la persona luchadora se da cuenta de que no ha transformado nada, puede sentirse abatida, desesperanzada y agotada. Está enfocada en que los que le rodean cambien. Dedica una cantidad desmesurada de energía mental a divagar sobre el cómo, el qué, el porqué y el cuándo. Le cuesta relajarse, disfrutar del hoy.
Nos cansa no ver ni recibir los frutos de nuestro empeño. Quizá es que solo tenemos que sembrar y los frutos ya vendrán. Si no los esperamos, si aceptamos que tal vez nuestra labor se limita a sembrar, aceptamos que el otro tiene sus ritmos y sus procesos. La sensación de invertir mucho y no ver el fruto cansa si estamos esperando ansiosamente los resultados de nuestras acciones.
Por muy buenas intenciones que tengamos cuando intentamos cambiar a los demás, los resultados generalmente son mínimos o nulos. Centrémonos en mantenernos energéticos, sanos y conectados con lo esencial para nosotros. Cuando vivimos esta plenitud interior, inspiramos y motivamos al cambio sin forzar ni imponer.
MENTES CANSADAS
"El más valiente de los actos es pensar con la propia cabeza"
(Coco Chanel)
"Estoy cansada de volver a empezar, del desgaste de la lucha diaria, de la confianza traicionada, de las metas no alcanzadas", me dice Yolanda. "Me cansa pensar tanto, mi mente es un torbellino que no para, me gustaría que mi mente se callara".
La mente es un motor que no se detiene. Se trata de canalizar bien los pensamientos y de no crear ni entretener los que consumen inútilmente nuestra energía. Para conseguirlo, ahí van algunas propuestas:
1. Dé un paso atrás para permitir que haya un espacio entre usted y la realidad exterior. Como cuando está en su despacho, aparta la silla de la mesa y reflexiona. Sobre la mesa hay asuntos por resolver, por atender o por revisar. Pero durante un rato se aparta de la mesa y de todas las realidades que descansan sobre ella. Esto le ayuda a practicar la paciencia antes de reaccionar.
2. Una vez se ha apartado, entre en usted sin llevarse todos esos asuntos. Pueden esperar. En su interior encontrará la serenidad. Si huye de sí mismo, no aprenderá a gestionar sus pensamientos. Si se lleva a su interior algún asunto de los que hay sobre su mesa, no se encontrará porque permanecerá conectado con ese asunto y con las personas involucradas en él.
3. Es necesario conectar con uno mismo para gestionar su mente. Para lograr esto, medite. Aprenda el arte del verdadero descanso. Puede trabajar sin tensión en un estado de serenidad. El hábito de pensar atropelladamente y rápido mantiene el cansancio mental. Meditar le ayuda a originar ondas alfa en el cerebro. Con ellas relaja la actividad cerebral. Meditar con regularidad le ayuda a formar el hábito de descansar más en menos tiempo, de ahorrar energía y mantenerse relajado.
Cuando esté cansado, siéntese un momento, relájese, cierre los ojos y visualice un paisaje amplio con un horizonte lejano. Repose su mirada en ese horizonte y entre en la inmensidad del espacio hasta que le absorba, separándose así de los ruidos y tensiones que le agobian. Es un ejercicio fácil, sencillo pero efectivo para calmarse y darle un descanso a la mente.
Fluya como en el jazz. Anote todo lo que el jazz le inspira y practíquelo en su vida diaria. Un grupo de alumnos de la formación que impartí en diálogos apreciativos expresó lo que les inspiraba el jazz: espontaneidad, coraje, diversión, libertad, sensualidad, autenticidad, creatividad, fluir, apertura, buen rollo, posibilidad, ritmo, delicadeza.
Si pudiera elevar su mirada por encima de su casa, su pueblo o ciudad, su país, y viera el mundo como el maravilloso globo terrestre, se daría cuenta de que en realidad lo que ha ocurrido ha sido insignificante. La vida sigue en constante cambio. No permita que su mente se obsesione y su corazón siga anclado en lo que ha ocurrido. Si quiere liberarse, no busque venganza. Piense que todo es una gran comedia cósmica. P
Vivir el desapego nos relaja
"Imaginad que un día volvéis del trabajo a casa y os encontráis la puerta forzada", cuenta Sogyal Rimpoché. "Han entrado a robar. Entráis y descubrís que se han llevado todo lo que poseíais. Por un instante os quedáis paralizados por el sobresalto y, en vuestra desesperación, pasáis frenéticamente por el proceso mental de intentar recrear lo que ha desaparecido. Pero la idea se impone: lo habéis perdido todo. Vuestra mente inquieta y agitada queda atónita y cesa todo pensamiento. Y de pronto se presenta una repentina y profunda serenidad. Ya no tenéis que luchar ni esforzaros, porque en ninguna de estas opciones hay esperanza. Ahora solo os queda rendiros; no os queda otra elección".
"De modo que en un instante habéis perdido algo preciado y, justo en el instante siguiente, descubrís que vuestra mente reposa en un profundo estado de paz. Cuando se presente esta clase de experiencia, no os precipitéis a buscar soluciones de inmediato. Permaneced un rato en ese estado de paz. Dejad que se convierta en una brecha. Y si descansáis verdaderamente en esta brecha, contemplando la mente, podréis ver la naturaleza inmortal de la mente iluminada".
1. Libros
- 'Revitalízate! Las mejores recetas de la cocina energética', de Jorge Pérez-Calvo (Ed. Integral). Un libro que nos explica con claridad qué alimentos nos revitalizan y cuáles contribuyen a nuestro cansancio.
- 'El libro tibetano de la vida y de la muerte', de Sogyal Rimpoché (Ed. Urano).
2. Música
- La música de Mozart. Es reconstituyente del cuerpo bioenergético. Tomatis la utilizó para el método Tomatis, que reequilibra nuestra capacidad de oír y de sentir, y nos desbloquea.
- 'Variaciones Goldberg', de Johann Sebastian Bach. Relajantes. Ayudan a crear espacios de descanso.
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“Nunca debe el hombre quejarse de los tiempos en que vive, pues no le servirá de nada. En cambio, en su poder está en mejorarlos”, Thomas Carlyle
La queja es una compañera fiel. Nos visita cada mañana cuando suena el despertador. Aparece en todo atasco de tráfico. Nos hace compañía en la cola del supermercado. Siempre atenta, acude cada vez que se da un inesperado cambio de planes. Nos escolta durante nuestra jornada laboral y nos asiste cada vez que oímos mencionar la crisis. Y jamás se pierde la llegada de la factura de la tarjeta de crédito. Es moneda de cambio común en todas las conversaciones. Nos quejamos de nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestro jefe, del gobierno y de la oposición… A menudo, cuando algo no funciona protestamos antes, durante e incluso después de arreglarlo. Es así como, poco a poco, entre todos vamos construyendo y perpetuando la cultura de la queja.
Hemos sacrificado muchas horas en el altar de la protesta y el lamento, pero ¿alguna vez nos hemos planteado cuál es su coste real? ¿Qué nos aporta la queja? ¿Cuáles son los resultados emocionales que se derivan de esta actitud? Y ¿de qué manera influye en nuestras relaciones? En un primer momento nos ofrecen una zona de confort, un espacio que nos permite evitar, aunque sea temporalmente, enfrentarnos a aquello que requiere solución. Sin embargo, el consuelo que brindan se evapora con rapidez. La satisfacción de nuestras necesidades depende de nuestra capacidad de resolver problemas, contratiempos y conflictos. Y la queja constante merma nuestras posibilidades y recursos para lograrlo.
En última instancia, cuando nos quejamos no mejoramos ninguna situación. Más bien contribuimos a crear más malestar y potencial conflicto a nuestro alrededor. Eso no significa que no podamos compartir con los demás todas aquellas cosas con las que no estamos de acuerdo, simplemente darnos cuenta de que utilizar la protesta y la crítica a discreción puede resultar altamente perjudicial para nuestra salud emocional y la de quienes nos rodean. De ahí la importancia de hacernos más conscientes de la presencia y los efectos que tienen en nuestra vida, para aprender a regularlas y gestionarlas de manera más eficaz y menos dañina.
El foco de atención
“Sin razón se queja del mar el que otra vez navega”, Séneca
Vivir instalados en la queja resulta cómodo. En ocasiones, incluso útil. No en vano, cuando nos quejamos buscamos que otros se encarguen de solucionar nuestros problemas. Pero también nos incapacita. Nos lleva a estancarnos en el problema, en vez de llevarnos a construir la solución necesaria. Y a poner el foco de atención en lo negativo de la situación, en vez de valorar las alternativas que se abren ante nosotros. Poco a poco, va tejiendo una pantalla que nos inmuniza contra la responsabilidad. Así, vamos delegando en los demás las causas y las consecuencias de nuestras emociones, acciones y conductas. Nos convertimos en víctimas de nuestra realidad. Quedamos a merced de nuestras circunstancias, deseos y expectativas. Y cuando éstas no se cumplen, aumentamos nuestra cosecha de malestar.
Quienes viven instalados en la queja no son ajenos a la amargura. Si aspiramos a romper la influencia negativa de esta adicción, tenemos que comenzar por abrir el campo de visión y sumar en perspectiva. Ante cualquier contratiempo, podemos optar por buscar culpables y caer en la trampa de la discusión. Pero también podemos tomarnos el espacio necesario para transformar la queja, la crítica y el juicio en una propuesta constructiva. Tal vez no podamos cambiar nuestras circunstancias, pero sí podemos cambiar nuestra manera de interpretarlas. Para lograrlo, tenemos que romper el patrón negativo de pensamiento que nos lleva a operar desde nuestras carencias. Y el primer paso para conseguirlo es aprender a valorar todo aquello que damos por sentado.
De ahí la importancia de recuperar el arte de agradecer. De la mano del agradecimiento surge de forma natural la valoración, es decir, la capacidad de apreciar lo que somos, lo que tenemos y lo que hacemos en el momento presente. Lo cierto es que cuanto más valoramos nuestra existencia, más abundancia experimentamos en la dimensión emocional de nuestra vida. Y cuanto más nos quejamos, más escasez padecemos. Prueba de ello es que aquello que no valoramos solemos terminar perdiéndolo.
El arte de valorar y agradecer
“El secreto de la felicidad está en aprender a valorar lo que tenemos y dejar de lamentarnos por lo que perdimos”, Anónimo
En opinión de los expertos, “nuestra capacidad de valorar lo que tenemos es precisamente lo que nos permite disfrutar plenamente de nuestra existencia, centrándonos en lo que está a nuestra disposición y no tanto en lo que nos falta”. Sin embargo, en general nos regimos según la conocida ‘ley de Murphy’. Esta teoría popular y pesimista tiene como finalidad explicar los infortunios que acaecen en nuestro día a día. En esencia, establece que “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Y esta afirmación se aplica tanto a las situaciones banales como a las cuestiones más trascendentes. Así, siguiendo los dictados de la ley de Murphy, tendemos a enfatizar aquellos hechos que nos perjudican o que directamente no nos benefician. Y esta es la razón por la que cada vez que una rebanada de pan untada con mantequilla se nos cae al suelo, la mayoría de nosotros tendemos a recordar más vívidamente las veces en que cae con el lado de la mantequilla hacia el suelo. Es decir, que solemos quejarnos cuando esto ocurre, pero no solemos acordarnos cada vez que cae del lado opuesto. O incluso de cuando ni siquiera se nos cae.
Cabe señalar que existen alternativas a esta percepción egocéntrica. Cada vez más seres humanos están empezando a regirse por los principios que establece la denominada ‘ley de Wurphy’. Y ésta se basa en una simple premisa: “Aprender a vivir el misterio de la vida con asombro, dándonos cuenta de que el simple hecho de estar vivo es, en sí mismo, un regalo maravilloso”. Lo cierto es que en base a esta toma de consciencia ya no damos nada por sentado. Al percibir la realidad desde la óptica de la ley de Wurphy, encontramos cada día cientos de detalles cotidianos por los que sentirnos profundamente agradecidos. No en vano, la mayoría de nosotros dormimos sobre una cama y bajo un techo. Tenemos acceso a agua potable. Y a ciertos lujos con los que mantener nuestra higiene. Encendemos el grifo y sale agua caliente a propulsión. Comemos cada día. Tenemos nevera. Y despensa. Etcétera, etcétera, etcétera…
No hay mejor antídoto contra la cultura de la queja que la cultura del agradecimiento. No en vano, nos brinda la perspectiva necesaria para responder de la manera más eficiente, responsable y consciente posible ante los retos e imprevistos que surgen en nuestro día a día. En última instancia, nuestra capacidad de apreciar y valorar lo que sí forma parte de nuestra vida es infinita, tan ilimitada como lo es nuestra imaginación. El reto está en acordarnos cada vez que la tostada cae con el lado de la mantequilla hacia arriba. Y hacerlo también cuando no se nos cae. Incluso apreciar y valorar el hecho de podernos comer una tostada siempre que nos apetezca. Depende de nosotros: podemos decidir saborear la tostada…O quejarnos de que no queda mermelada.
En clave de coaching
¿Para qué me sirve quejarme?
¿Qué puedo hacer para cambiar aquello de lo que me quejo?
¿En qué medida quejarme me impide valorar el momento presente?
Libro recomendado
‘El Sinsentido común’, de Borja Vilaseca (Temas de Hoy)
© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)
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La realidad no depende tanto de los ojos que la miran como de la intención al enfocar. Podemos elegir simplemente ver. O mirar. O dejarse penetrar contemplativamente.
Antonio Damasio, uno de los grandes investigadores en neurociencia, neurología y psicología, nos relata que sin la conciencia, es decir, sin una mente dotada de subjetividad, no tendríamos manera de saber que existimos, menos aún de saber quiénes somos y qué pensamos. Ciertamente existe un yo, aunque no se trata de una cosa sino de un proceso que, al ser sentido, nos hace creer que pertenece a alguien.
"En el mirar existe intención. Hemos decidido qué ver. Exigimos la mirada para captar en ella el reflejo del alma"
"Uno puede ver el vuelo del pájaro, mirarlo para observarlo o sentir que vuela con él. Eso es contemplar, convertirse en el otro"
Desde la perspectiva de la evolución y de la historia vital de una persona, ese yo que tiene conciencia de sí mismo ha tenido que pasar, según Damasio, por tres etapas: un protoyo que se limita a ver y sentir de forma primigenia; un yo central movido por la acción que mira para conocer; y finalmente un yo autobiográfico que incorpora las dimensiones social y espiritual. A ese yo autobiográfico quisiera añadirle su facultad contemplativa.
VER
"Ver a través de todo es lo mismo que no ver"
(Clive Stapies Lewis)
Ver, es solo eso, ver. Sin más. Se puede ver y no sentir nada. Se puede ver y sentir alguna alteración, básicamente instintiva. Placer o dolor. Agradable o desagradable. En el ver solo hay impacto o indiferencia. El ver puede ser inerte, sin apenas vida. Muchas personas, en pleno siglo XXI, aún siguen viviendo en la etapa más primigenia de su existencia. Dicho de otro modo, se limitan a ver cómo la vida pasa ante sus ojos.
Alguna de las generaciones de nuestros jóvenes, ha sido tildada de ni-ni; es decir, que ni trabajan ni estudian, y quizás también podríamos añadir que ni tienen motivación por nada, ni les importa si los castigan, ni saben cómo salir de ese letargo anímico, ni encuentran cómo ver la realidad de otra manera. Se limitan a existir. Algo parecido nos ocurre a todos cuando nos plantamos frente al televisor y nos tragamos todo lo que echen o navegamos por Internet, solo para ver. Desde luego que vemos, pero no vivimos.
Ver es el primer escalón. Es útil para orientarse, para distinguir, para almacenar recuerdos gráficos. Sin embargo, limitarse simplemente a verlo todo es reducir la vida a su aspecto más primigenio, es decir, a ver sin ver más allá. Es nuestro yo más pequeñito, necesario pero insuficiente para evolucionar hacia una conciencia más despierta.
MIRAR
"Pensar es más interesante que saber, pero menos interesante que mirar" (Goethe)
En el mirar existe sin duda intención. Hemos decidido qué ver. Y lo hacemos cuando queremos conocer o cuando pretendemos llegar al fondo del otro y al trasfondo de la cuestión. Necesitamos mirar para certificar, para curiosear, para descubrir, para encontrar en lo mirado nuestro deseo o para desvelar verdades: ¡Dímelo a la cara! ¡Mírame cuando te hablo! Exigimos la mirada para captar en ella el reflejo del alma. Hay quien expresa su temor a ser mirado y también quien afirma que puede mirar a los ojos de todo el mundo porque no tiene nada que ocultar.
La mirada es el segundo paso del escalón de nuestra conciencia. Henry Amiel decía que un espíritu cultivado es el que puede mirar todas las cosas desde muchos puntos de vista. Cuando miramos no nos quedamos indiferentes, más aún si somos mirados. La mirada tiene vida propia: es inquietante, alegre, triste, perdida, profunda. Una mirada puede traspasar al otro, del mismo modo que podemos quedar atrapados por la intensidad de una mirada. Es un misterio. Es el pasaporte entre el yo y el tú.
Cuando el artista mira, crea. Los amantes se aman. El investigador descubre. El aprendiz modela. El estudiante conoce. El médico explora. Mirar es ver más allá. Es penetrar, porque a diferencia del ver, el mirar no es una experiencia sino un encuentro.
CONTEMPLAR
"El grado sumo del saber es contemplar el porqué" (Sócrates)
El filósofo y místico Raimon Panikkar decía que todo lo que somos capaces de conocer no es el conocimiento último. No es suficiente con ver, e incluso con mirar concienzudamente para conocer. Hay una aprehensión de la realidad que pertenece solo al rango de la contemplación. Es la verdad intuida, revelada, descubierta a través de los ojos que miran hacia dentro.
Es un error limitar la contemplación a una forma superior de vida religiosa. La contemplación es una actitud que nos acerca a ser aquello que contemplamos. No es un proceso, una etapa. No tiene intención complementaria. Sencillamente sucede cuando dejamos de ser, cuando abandonamos las dimensiones espacio-tiempo para convertirnos en lo contemplado y descubrir así su esencialidad. Uno puede ver el vuelo del pájaro, mirarlo para observarlo o puede sentir que vuela con él. Para comprender al otro, tal como se comprende a sí mismo, hay que convertirse en el otro, compartir su experiencia, participar de su mundo.
En nuestra escala evolutiva, la contemplación es el nivel que nos acerca a las realidades últimas, las más profundas y verdaderas. Las descubrimos en el silencio interior, en la cesación de todo intento de entender las cosas, a los demás y a nosotros mismos. Callamos para escuchar nuestra verdad interior. Tal vez por eso hay tanta gente que no calla nunca; por eso vivimos en sociedades tan ruidosas; por eso nuestra mente no para. El silencio asusta porque tememos encontrarnos interiormente. Pero eso solo puede suceder si hay juicio. En la contemplación, solo hay verdad.
La construcción de nuestras realidades tiene su substrato en las representaciones mentales que atesoramos a lo largo de la vida. Dicho llanamente, todas las imágenes que metemos en nuestro cerebro, a partir de lo que hemos visto, oído y percibido. Todo acaba siendo una memoria en nuestra mente y vivimos según ella. Incluso las personas con ceguera crean sus representaciones mentales. Ven, aunque no saben que ven. Al contrario de lo que hacen aquellos que sí saben que ven, pero no ven nada. Entonces, tenemos una enorme responsabilidad a la hora de decidir qué debe estar y qué no en nuestra mente. Palabras, imágenes y sensaciones acaban conformando el jardín de nuestra neurología.
Al final necesitamos ese ejercicio contemplativo que nos lleve más allá de nuestras memorias. Ser capaces de intuir nuestras motivaciones profundas, también nuestras visiones erróneas. Lo que nos hace profundamente humanos es contemplar la certeza que se esconde detrás de lo que creemos ser. Para ello hace falta una conciencia evolucionada. De lo contrario, como antaño, sería suficiente con ver e ir pasando mientras no haya peligro. Querer vivir es mirar la vida cara a cara y, contemplándola, descubrirnos a nosotros mismos.
Libros
- 'Y el cerebro creó al hombre', de Antonio Damasio (Destino, 2010).
- 'Escuchar con los ojos', de Ferran Ramón Cortés (RBA, 2011).
- 'De la mística', de Raimon Panikkar (Herder, 2005).
2. Música
- 'Blue eyes', de Elton John.
- 'It's in your eyes', de Kylie Minogue.
- 'La paz de tus ojos', de La Oreja de Van Gogh.
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LA NACIÓN, Buenos Aires 10-XII.2011
La compu
Lo que importa no es el libro, sino la lectura
Por Ariel Torres | LA NACION
Cory Doctorow no podría tener más razón cuando, en el prólogo a su multipremiada novela Someone Comes to Town, Someone Leaves Town, dice que hay que ser muy poco imaginativo para conjeturar que en el futuro habrá dispositivos de lectura que simularán la experiencia del libro de papel. Unas líneas más abajo admite, con la humildad de los que saben en serio, que "el negocio y la práctica social de los e-books será mucho, pero mucho más extraña que eso (...). De hecho, creo que probablemente será demasiado extraña para que podamos imaginarla hoy".
Cory no es uno de esos gurús que con solemne religiosidad venden humo de colores. Medio millón de copias de su primera novela se distribuyeron sin cargo en forma electrónica. Medio millón. Cualquiera anticiparía que eso afectó las ventas de su libro. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Someone Leaves Town va por la quinta reimpresión.
Ouch.
Pero no voy a hablar de cómo diseñar modelos de negocio correctos en un mundo donde todo lo que llamamos información se ha convertido en cadenas de unos y ceros. No aquí, al menos.
Hay algo más, más profundo, quizás más complejo y más perturbador, y que debería preocuparnos más que el aspecto y la forma de comercialización de los libros del futuro. Me refiero a la lectura.
Difícil, aburrido, agotador
En varias ocasiones durante los meses últimos, quizá por el debate que coordiné en agosto para LA NACION en el Malba sobre e-books, me he encontrado conversando con gente de la tecnología y de la cultura sobre el futuro del libro. Y uno de los interrogantes sobre los que insistí es: ¿Pero qué nos importa en realidad, el libro o la lectura?
Sí, ya sé. Parece una obviedad. Nos importa la lectura. Que los chicos lean y todo eso. Pero una de las cosas geniales de las obviedades es que podemos tenerlas delante de las narices durante siglos sin percatarnos de que esconden alguna clase de secreto. Por ejemplo, el Sol no sale sobre el horizonte. Es la Tierra la que se está moviendo. Ya sabe lo que este simple hallazgo causó en su momento.
La lectura, me temo, oculta una clave parecida. Queremos que los chicos lean libros, ¿no? Bueno, hasta donde recuerdo, y quizás alguien tenga una experiencia diferente, aprender a leer no es ni remotamente fácil. Respirar es fácil. Correr es fácil y divertido. Reírse es fácil, divertido y contagioso. Que te cuenten una historia es de lo más lindo que hay. Recuerdo que solían contarme cuentos antes de dormir. Esto hizo que con el tiempo empezara a imaginar mis propias historias, mientras intentaba conciliar el sueño. Así que incluso escribir es más fácil que leer. (Dicho sea de paso, los que escribimos profesionalmente pasamos mucho más tiempo trabajando en la cabeza que en el teclado; tipear es la parte sencilla del asunto.)
Así que vamos a aclarar algo de una vez. Leer es difícil y aburrido para un chico. Difícil, aburrido y agotador.
Sí, sí, es muy bueno que lean libros, pero no alcanza con predicarlo, e intentar incentivar la lectura conduce a una paradoja.
Deme solo unos minutos más.
Tarzán y el Capitán Nemo
Recuerdo que cuando la primaria ya me había aclarado qué significaban esos signos sobre el papel, mi padre decidió que era hora de que abandonara las historietas y leyera libros. Mejor intencionado que asesor literario, me abrumó primero con Tarzán de los Monos y luego con 20.000 Leguas de Viaje Submarino. Recuerdo también mi primera impresión luego de intentar con esos volúmenes: Nunca jamás voy a poder leer libros. Nunca.
Esas dos obras tenían un número de problemas para un chico, como constaté muchos años después. Primero, el número de páginas era descomunal. La letra era pequeña. Y aquella traducción de Verne podría haber arrasado con mi neocórtex, si hubiera persistido en soportarla a tan corta edad.
Por suerte, tiendo a desobedecer. Y soy un hombre afortunado. Fue así como encontré, tras la segunda mudanza que experimenté de pequeño, una caja repleta de unos libros que, calculo que por higiene cultural, habían sido erradicados de la biblioteca, que en la nueva casa pasó a ocupar su propio cuarto.
La caja, exiliada al altillo, contenía una docena de libros de ciencia ficción de la más baja estofa, con coloridas tapas que mostraban monstruos horribles y astronautas de escafandra reluciente, nave espacial inverosímil y novia rubia.
No pasaban nunca de las 120 páginas, en el más desproporcionado de los casos, y la letra era bien grande. Las historias, bueno, qué le puedo decir. Todos los clichés y un poco más.
Es decir, me encantaron.
Les debo mucho, además. Si no hubiera sido por ellos, nunca habría llegado a Flaubert, Dostoievski, Cortázar, Böll, Yourcenar, Rulfo, Salinger o Mishima. Les debo, de hecho, mi profesión, porque leer me llevó un día a preguntarle a mi madre exactamente cómo se hacían los libros. Aprendí entonces que alguien los escribía, y me puse a hacerlo. A los 10 años ya había llenado una pila de cuadernos Rivadavia de cien hojas y tapa dura con la Bic azul gruesa que a mí me gustaba.
En el nombre de la Rosa
Por supuesto, conservo esa colección de libritos descastados. Me permiten recordar algo elemental. Leer no está en nuestros genes. Oír y entender el lenguaje, sí. Leer, no.
Leer requiere un esfuerzo visual (leemos con la parte del ojo que ve detalles) y entrenar al cerebro para que use un área que se dedica a reconocer formas para extraerles significados que nada tienen que ver sus formas. Aprender a leer libros da trabajo, y a ningún chico en este planeta (y a mí menos que a ninguno) le gusta hacer esfuerzos. Todavía hoy tengo presente el día en que leí mis primeras 20 páginas. ¡Lo había logrado! ¡Veinte páginas! No lo podía creer.
Esa colección de poca monta, puesta a un lado para no infectar la mente del futuro lector con tonterías por debajo de Burroughs o Verne, me ha enseñado que la única forma de que alguien haga un esfuerzo es motivándolo.
El placer suele ser un gran motivador, anote.
Alambre de púa
Cuando terminé de leer esa sarta de lugares comunes y de blondas chicas salvadas de monstruos espantosos por héroes con armas de rayos láser me empezó a ocurrir algo muy raro.
Echaba de menos leer.
Como ahora sabía lo que era la ciencia ficción, rebusqué en la biblioteca por más libros de esa clase. Reincidí con las 20.000 Leguas -¡ay, los mandatos!-, pero el efecto fue igual de nocivo; ya dije por qué. Sin embargo, encontré otros libros más prometedores. Las tapas eran coloridas, aunque sin ilustraciones altisonantes, y la letra no requería una lupa. Los veteranos recordarán las colecciones Nebulae y Minotauro. Sus volúmenes eran más grandes que los libritos de la caja, y en general tenían más páginas, pero esto, ahora, ya no me inquietaba. Por el contrario.
Llegaron así a mi vida Asimov, Clarke, Bradbury, Sturgeon, Heinlein, van Vogt, Wyndham, Lovecraft (y buen susto me pegué) y Matheson (lo mismo).
Para entonces, estaba atrapado. Habiendo superado el entrenamiento inicial, cuando la lectura se ha vuelto una segunda naturaleza, nadie dejará esta práctica ni por todo el oro del mundo. Esa es la razón por la que los que somos lectores de libros de papel también leemos mucho en e-books. Porque lo que importa no es el libro, sino el milagro de la lectura.
Oh, sí, bueno, espere, claro que me gustan los libros de papel. Los amo. Ya lo he dicho. Y ya me han criticado por decirlo. Es más: perdemos ciertos derechos fundamentales al pasar del libro al e-book.
Seamos honestos, no obstante. Si durante los últimos 500 años la literatura hubiera venido impresa en rollos de alambre de púa, amaríamos el alambre de púa. Este amor es temporal. El otro, el de la lectura, es el que me preocupa.
Porque, ¿qué es leer?
Gracias, Harry
Sabemos qué no es leer. No es aburrido. No es difícil. No es ningún esfuerzo. No es agotador. Todo lo contrario. ¿Cuántas veces nos quedamos hasta cualquier hora para terminar esa novela de 570 páginas? ¿No le ocurre con un buen libro que no quiere que se termine, y eso que es de tamaño asteroide?
Ningún lector dejará un buen libro sobre la mesa ratona para decir: "Me siento cansado de leer, mejor pongo la tele". Quizá diga: "Me siento cansado para leer, mejor pongo la tele". Son cosas bien diferentes. Uno puede estar cansado para hacer algunas de las cosas que más le gustan en la vida.
¿Cómo es posible que algo que nos dio tanto trabajo aprender se convierta en uno de los mayores placeres de la vida y, a la vez, uno que, se dice, constituye una ventaja competitiva fundamental?
Este es uno de los grandes escollos del asunto. Estamos mezclando dos cosas y tratamos de resolver una paradoja. Cuando nos empecinamos en que los chicos lean libros argumentamos que leer es algo bueno y conveniente. Sí, está bien, pero eso no interesa para nada. Uno se enamora de la lectura, y el amor no se puede forzar. De hecho, el amor muchas veces no es conveniente.
Si aquella caja no hubiera estado escondida en el altillo, desterrada, hasta cierto punto prohibida, tal vez no le habría prestado atención.
El silencio de las bibliotecas
Me dicen a menudo que sólo Harry Potter ha logrado que una hija o un sobrino empiecen a leer. Bueno, lógico. ¿O pretendían lograrlo con Góngora?
Harry Potter es pura aventura, ocurre en la escuela, hay malos y buenos, sin medias tintas ni sutilezas psicológicas, y además está razonablemente bien escrito. ¿Es gran literatura? No. Pero es un portal que le ha permitido a millones de chicos atravesar el extenuante entrenamiento que los convierte en lectores. Parece diseñado para eso.
Leer un libro (no un título o medio párrafo) es un proceso muchísimo más extremo de lo que parece. Se puede trabajar todo el día oyendo (no escuchando) música, con la tele prendida, y hasta hablando por teléfono (si lo sabré). Pero cuando leemos no podemos hacer ninguna otra cosa. ¿Por qué cree que son tan silenciosas las bibliotecas?
Leer, lejos de lo que parece, no es un proceso pasivo. La literatura es iniciada por un escritor, pero realizada por el lector. El libro que usted lee no es el mismo que lee su vecino, aunque sea el mismo texto. Cualquier lector sabe que releer es reescribir ese libro en la conciencia.
Esta idea dislocada de que leer se parece a ver la tele o a poner música bajita de fondo es lo que lleva a tantos tropiezos a la hora de enseñar el placer de la lectura.
Leer no sólo es construir de nuevo lo que el autor, exquisita pero vanidosamente, ha plasmado; es hacerlo de un modo único. Mire a alguien leer. Notará que está casi perfectamente quieto, apenas muestra algunas expresiones faciales cada tanto y mueve los ojos de lado a lado. En ningún otro momento nos comportamos así, excepto cuando soñamos.
También sabemos que sólo hay dos instancias en las que un chico se queda quieto tanto tiempo. O está enfermo o está leyendo.
Miremos más profundamente el fenómeno de la lectura. La persona está pasando la vista por una delgada hilera de dibujitos negros sobre el papel blanco. Si hay algo desalentador de la lectura, para un chico, es la falta de ilustraciones. ¿No lo recuerda, acaso?
Leer es transformar esa maciza y en apariencia monótona masa de marcas en imágenes sublimes y emociones intensas. El milagro es doble, por lo tanto, porque el aspecto exterior del texto debe ser así de hosco para no interferir en este portento que estamos viviendo. Es decir: el texto es invisible para el lector. Este es el secreto que nos olvidamos de decirles a los chicos. Quizás, entusiasmados con la idea de ver cómo las áridas páginas se esfuman, concederían en dedicarle tiempo. No los defraudaríamos, pero sería una verdad a medias.
Las páginas no se esfuman, transmutan.
Ajá, ¿pero para qué sirve leer?
Creo que, además, tampoco tenemos muy claro por qué queremos que los chicos lean libros, que se conviertan en buenos lectores. ¿Por qué eso y no leer epígrafes o tweets? ¡Estamos en el mundo digital, éste es un suplemento de tecnología, qué es todo este jaleo con la lectura de libros! ¡YouTube rules!
Sí, pero en el fondo de nuestra conciencia sabemos que leer es independizarse. ¿Qué es leer? Leer es convertirse en una persona libre. ¿Por qué? Bueno, simple. Porque no existe ninguna otra destreza más importante en toda la formación de una persona, con la sola excepción -quizá- de la matemática. Eso sí, cualquiera puede aprender matemática leyendo libros. No al revés.
Sabemos que si nuestros hijos quieren tener un porvenir, si no feliz, al menos próspero, tienen que poder pasarse días enteros leyendo, no sólo sin cansarse, sino, por el contrario, disfrutándolo. Se llama estudiar.
No espere, sin embargo, que me ponga a hablar mal aquí de los videojuegos, las computadoras o Twitter, como parecería a estas alturas inevitable. No tiene nada que ver con esto. En el futuro, como me dijo alguna vez Antonio Ambrosini, quizá los textos puedan transferirse directamente a nuestros cerebros. Pero falta tanto para eso que ni siquiera podemos imaginar cómo será la sociedad cuando tal tecnología esté disponible. De momento, existe una única forma de transmitir conceptos complejos y profundos: la lectura. Hoy más que nunca.
¿Por qué nos empecinamos tanto en que los chicos lean libros?
Porque leer es poder..
Tallar el alfabeto en el cerebro nos dio una capacidad de comunicación que ninguna especie posee. La literatura crea seres libres que imaginan porque la realidad no les basta. El que no lee se empobrece ya que los conceptos no existen sin palabras. Leer bien es disponer de la expresión justa para pensar, enseñar, aprender, dialogar, soñar y sentir. La TV prioriza la imagen, es como ir en avión, hasta que no aterriza no se puede bajar. Leer es como ir en auto, podemos detenernos y reflexionar. La literatura alimenta espíritus rebeldes. El Caballero de la Triste Figura viendo gigantes por molinos protestaba contra las miserias del mundo. Los ideales de cambio se encarnan en el Quijote. Los escritores llevan a mundos de fantasía que abren los ojos al descubrimiento. Nos quejamos que los chicos no leen pero no enseñamos con la cultura del ejemplo. Borges decía que somos lo que somos por lo que leemos. Por eso la 1ra tecnología que inventamos sigue siendo generadora de todas las demás.
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