No hay adentro sin afuera
Por Sergio Sinay
Ernesto R. Rouillon
En el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos, donde se encontraba el oráculo al que los griegos antiguos consultaban sobre su destino, se leía la consigna Conócete a ti mismo. Esta invocación perduró a través de los tiempos y en los nuestros, signados por lo psicológico, se la relaciona con la necesidad de sumergirse en el propio inconsciente, de atarearse en sesudos viajes por el mundo interno para registrar hasta la mínima causa de cada uno de nuestros actos. Pero como bien advierte Luc Ferry, filósofo y ex ministro francés para la Educación y la Juventud, en La sabiduría de los mitos, otro era el sentido de esa frase en aquellos tiempos ajenos a la psicoterapia. "Conócete a ti mismo", advierte Ferry, invitaba a descubrir cuál es el propio, necesario e intransferible lugar como parte de un todo. Se trata de mirarnos sin dejar de mirar hacia el mundo y hacia los otros, porque sólo así, según aquella concepción, es posible descubrir el para qué de nuestra existencia, nuestra razón de ser. Cuando abandonamos esta tarea y nos desentendemos del sonido de la orquesta para tocar nuestro a nuestro arbitrio y por cuenta propia, somos responsables de lo que aquellos antiguos llamaban caos (desorden, anarquía, desmadre generalizado) en oposición a cosmos (el orden natural del universo y de las cosas, su fluir armónico). Como muestra Ferry en su apasionante estudio de los grandes mitos, ese desplazamiento hacia lo caótico por descuido o por desidia respecto de nuestro papel y nuestra función en la totalidad del cuadro, nunca es gratuito. Y los costos del regreso a la armonía, que generalmente se nos imponen aún a disgusto nuestro, acostumbran a ser dolorosos.
Todo esto para decir que no podemos pensar en la vida interior como un fenómeno que nace y muere puertas adentro. De hecho es así como muchos la suelen concebir, y eso da pie a demostraciones de egoísmo que se justifican con el argumento del viaje interior y de que se está en un proceso de autoconocimiento. Como nunca, en estos tiempos se pide una mirada que, elevándose desde el propio ombligo (por bello y profundo que este sea), observe el mundo y detecte el lugar que nos corresponde en él para contribuir a sacarlo del avanzado solipsismo en el que flota. Proveniente del latín, la palabra solipsismo podría traducirse como sólo yo existo. Todo lo demás sería una creación de la propia mente. Si esta creencia alcanza proporciones epidémicas, veremos cómo cada quien corre a salvarse a sí mismo a costa de quienes no existen y habrá variadas expresiones de indiferencia ante el dolor o las necesidades de otros. Habitaremos un mundo en el que se corre a rescatar bancos que actuaron criminalmente, mientras no hay recursos para políticas contra el hambre. Un mundo, en fin, como el que pintaba el poeta español Luis de Góngora (1561-1627): Ande yo caliente/ y ríase la gente/.Traten otros del gobierno/ del mundo y sus monarquías,/ mientras gobiernan mis días/ mantequillas y pan tierno;/y las mañanas de invierno/ naranjada y aguardiente/ y ríase la gente.
Lo interior lo es en relación con lo exterior, como lo bajo con lo alto, lo frío con lo caliente, y así en más. Tenemos una vida interior que nace con la conciencia, con la facultad de decir "yo" y de marcar así la presencia de una identidad. Una vida interior que se apoya en sensaciones, emociones, afectos, sueños e intuiciones intransferibles. Una vida interior que está integrada también por nuestros aspectos más misteriosos y por aquellos que solemos negar, esconder o rechazar. Vida que se extiende desde nuestra más recóndita esencia (que Carl Jung llamaba el Sí Mismo), hasta la plena integración, de un modo único, en el espacio común que conformamos con los demás integrantes de la especie y del planeta. Quien se ausenta de este espacio, quien le da la espalda, probablemente también resigna su vida interior. Al estar en el mundo enriquecemos nuestro interior sagrado y propio. Y desde éste, cuando no es un refugio para aislarnos de los otros, traemos al mundo aquello que sólo cada uno de nosotros puede dar.


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