Oxígeno / Diálogos del alma
Una libertad inevitable
Por Sergio Sinay
Señor Sinay: En estos días he intercambiado con mi marido ideas disímiles acerca de si uno elige constantemente las acciones que toma en su vida. Nos preguntábamos si decidir es lo mismo que elegir o si esto último tiene que ver con la conciencia acerca de las consecuencias de nuestros actos. Este intercambio, charla, discusión, se ha convertido en muy rico, sobre todo pensando en los adolescentes, tanto de hoy como nosotros mismos hace un tiempo. ¿Uno elige cuando, debido a los mandatos familiares, opta por una acción con conciencia de las consecuencias? ¿O en los parámetros familiares no queda chance para otra elección? ¿Aun sin ser consciente de la elección, uno está eligiendo?
Evelyn Lemcovich
Acompañante terapéutica
Los humanos tenemos, al igual que otras criaturas, una dimensión biológica (correspondiente a nuestra vida física) y una dimensión psíquica (que atañe a las sensaciones, a los códigos de comunicación y a los procesamientos de la información que nuestros sentidos nos proveen). Ambas dimensiones admiten la programación, y de hecho funcionan a partir de pautas predeterminadas que se repiten automáticamente y siempre igual. ¿Qué nos hace humanos, entonces? Una dimensión que el médico y filósofo vienés Viktor Frankl (1905-1997) llamó noética. La palabra proviene de nous, vocablo griego que alude a la mente en un sentido amplio, incluyendo el alma. El nous de una persona es su huella dactilar espiritual. La hace única y abre su conexión espiritual. Esta conexión permite salir de lo programado, ir más allá de los determinismos biológicos o psíquicos.
La espiritualidad en este caso trasciende lo religioso, es atributo de todos, creyentes o no. Frankl la llamaba, también, dimensión humana. Y en ella anida nuestro más preciado don: la capacidad de elegir. Gracias a esto no respondemos mecánica y ciegamente a programas instintivos o psíquicos. Ante las preguntas que incesantemente la vida nos plantea a través de situaciones, respondemos. Es cierto que los mandatos familiares, culturales, patrióticos, corporativos y demás pueden actuar en nosotros como programas que se disparan automáticamente ante un estímulo. Pero a diferencia de los determinismos naturales, esos patrones se pueden modificar, transformar y trascender. Para eso nos ha sido dado un poderoso y exclusivo instrumento: la conciencia. Lo que está bien o mal no responde a un programa natural e inamovible. Es siempre una construcción cultural. Algunos valores perduran de modo atemporal y universal, otros no. Ante los famosos códigos de mafias, corporaciones, patotas y grupos, o ante los mandamientos que coartan la individualidad y la posibilidad de optar, aUn ante circunstancias no queridas, queda siempre la facultad de elegir. Igual frente a las creencias dogmáticas que nos inmovilizan y moldean con amenazas de castigos. Cada elección conlleva una decisión y cada decisión (actuar o no actuar, decir o callar, avanzar o retroceder, ceder o retener, etcétera) produce una consecuencia. Saberlo y actuar nos hace libres al elegir y responsables al asumir la consecuencia de lo elegido.
"La libertad aumenta o disminuye según la persona la vaya ejercitando o dejándose llevar por los condicionamientos (lo cual también es una decisión)", escribe la filósofa y socióloga María Angeles Noblejas, de la Universidad Complutense de Madrid, en Palabras para una vida con sentido. No somos libres cuando nada se nos interpone (creencia alentada por el facilismo de estos tiempos), sino cuando, ante las naturales limitaciones y los condicionamientos que la vida nos impone de diversas maneras, elegimos y actuamos en consecuencia. Esta es la libertad última y siempre presente, pues aun cuando no haya opciones, somos libres de elegir nuestra actitud ante una situación así de extrema. Somos prisioneros de la libertad, como decía Jean Paul Sartre, porque desde el momento en que ella nos hace humanos, no podemos desligarnos de nuestras elecciones para cargarles a otros o a algo (la suerte, el destino, el diablo) lo que nos pertenece por propia elección. No es lo mismo, recuerda Noblejas, la libertad para hacer lo que se me antoje (si puedo hacer lo que se me antoje, sin límite, ¿cuál es la elección, el riesgo, la responsabilidad?) que la libertad para actuar frente a las circunstancias de la existencia. En el primer caso la conciencia hiberna. En el segundo nos lleva a la dimensión humana. Cada quien elige cómo vivir esta dimensión. Pero no se puede evadirla.

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