No dejes de creer que las palabras y
las poesías sí pueden cambiar el mundo.
Walt Whitman
Necesitamos entusiasmo. Es una de las claves de la vida. Además, es contagioso. Vale que las cosas están mal. La crisis, el paro. Pero en la espiral del pesimismo nadie sale del agujero. Nada se puede esperar de quien no cree en sí mismo.
En los repertorios que usamos para interpretar la realidad, algunas palabras como ilusión, alegría, optimismo o entusiasmo han perdido brillo. No se ajustan al contexto, pero sin ellas la vida queda encogida. Siguen ahí, esperándonos.
"Caer no es el problema. Lo será el tiempo que necesitemos para levantarnos de nuevo"
En tiempos de indignación parece contrapuesto estar reivindicando el entusiasmo como motor de nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Sin embargo, es un ejercicio necesario el comprender la simultaneidad de nuestras emociones, así como las graves consecuencias que conlleva instalarse en creencias limitantes, más aún cuando se contagian masivamente. Mucha gente se siente hoy invadida por sentimientos de desesperanza, impotencia y pérdida de validez personal. No cabe duda de que existen razones y evidencias para ello. Pero también es cierto que por nuestras venas sigue circulando la vida, que el corazón sigue batiendo, que todo nuestro organismo sigue despierto y sensible. No hemos perdido aún, que se sepa, la capacidad de sentirnos vivos, de decidir hasta dónde queremos que nos afecten los sucesos del exterior y, sobre todo, no hemos perdido la facultad de seguir sintiendo y amando. Tenemos, si queremos, la posibilidad de cambiar, de decidir cómo vivir.
TODO OCURRE SIMULTÁNEAMENTE
"Los ideales que iluminan mi camino y una y otra vez me han dado coraje para enfrentar la vida con alegría han sido: la amabilidad, la belleza y la verdad" (Albert Einstein)
Existen motivos para la indignación y también para la alegría o el entusiasmo. Lo malo del asunto es cuando quedamos atrapados en un sentimiento, en solo uno, y lo convertimos en el filtro por el que percibimos toda realidad. Sabemos que, atrapados en una emoción, no solo se resiente nuestro organismo, sino que acuden a nuestra mente ideas y planes tamizados por dicha emoción. Si hay miedo, por ejemplo, se contrae el estómago, asoman expresiones de terror y acuden a la mente imágenes dramáticas. Si, por el contrario, sentimos emociones positivas, los efectos también lo serán.
Lo curioso del bagaje humano es que podemos sentir emociones y sentimientos contradictorios a la vez. Probablemente, habremos experimentado esas simultaneidades en situaciones reconocibles: en los duelos se mezclan el dolor y el amor; en las tensiones de pareja, el amor y el odio; cuando somos duros y tiernos a la vez con los hijos o con las amistades. Asistimos a un mundo en el que coexisten la avaricia y la especulación con el altruismo y la compasión.
Dicho así, podemos simultanear la indignación o la sensación de impotencia con el coraje y el entusiasmo. Aunque aparenten contradicción, pueden ser experimentados a la vez. Todo dependerá del que fomentemos más, al que consideremos más competente. La trampa consiste en creer solo en una posibilidad.
CONTAGIARSE DE ENTUSIASMO
"Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma" (Albert Schwitzar)
El sustantivo entusiasmo procede del griego enthousiasmós, formado sobre la preposición en y el sustantivo theós (dios), lo que suele traducirse como el ser habitado por los dioses, o por las energías creadoras del universo. El entusiasta tiene el poder de crear dentro de sí mismo y, lo mejor, contagiarlo a los demás. Esa es una de las claves del éxito en la vida. El entusiasmo tiene la mayor capacidad de influencia, mientras que el desánimo ahuyenta. El entusiasta que no vende humo despierta luz en los demás.
La primera ocurrencia errónea, cuando se habla de estas facultades, es considerarlas propiedades naturales o genéticas. Pero el entusiasmo es energía creadora, una fuerza generativa voluntaria. La tenemos todos, porque todos, en algún aspecto, hemos sentido su fulgor ante expectativas ilusionantes. Lo único que puede degollar su presencia son las creencias limitantes; aquí podríamos inscribir los "no puedo", "no sé", "no servirá de nada", "es imposible", "es muy difícil"...
¿Para qué entusiasmarse ante tantas dificultades como nos pone la vida? Para convertirlas en posibilidades. ¿De qué sirve el entusiasmo cuando no se tiene trabajo? Pues precisamente para crear mejores condiciones para conseguirlo. Seligman confirmó en sus estudios que el entusiasmo se encuentra en aquellos individuos que piensan que hay que vivir plenamente cada momento de la vida, evitando el abatimiento y la indefensión.
En cambio, ¿qué se puede esperar del que no cree en sí mismo? ¿Qué acaba contagiando aquél que anda todo el día indignado? No quisiera con ello mostrarme poco sensible ante el sufrimiento de muchas personas, entre los que incluyo a familiares propios. Tampoco propongo brindis al sol y mantenernos ingenuamente contentos, pero engañados. Solo me pregunto: ¿Cuánto tiempo queremos permanecer encerrados en el sufrimiento? ¿Tiene alguna utilidad? ¿Cómo salir de ahí?
DEL DESÁNIMO A LA ILUSIÓN
"La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla; si uno la empuja, la cierra cada vez más" (Sören Kierkegaard)
Es un hecho que el desánimo forma parte de nuestro vivir. Caer, entonces, no es el problema. Lo será el tiempo que necesitemos para levantarnos de nuevo. Hoy sabemos que estos procesos internos, la gestión de nuestras emociones, no depende solo de los estímulos exteriores, sino del manejo de nuestra mente; entre otras cosas, porque esa misma mente es la que crea estímulos que se convierten en estados emocionales. Pasar del desánimo a la ilusión es un ejercicio que requiere manejar sabiamente nuestros pensamientos y nuestras palabras, sosteniendo lo positivo y bloqueando toda anticipación negativa o dramática de un hecho que aún no ha ocurrido. Ocupémonos con entusiasmo del presente y dejemos para mañana lo que es del mañana.
Decía Gregorio Marañón que el entusiasmo es signo de salud espiritual. Quizá sea el remedio que necesitamos ante la avalancha y la indigestión de tanto mensaje catastrofista. Por qué no mirar a nuestro alrededor y poner la atención en las cosas pequeñas, en los gestos amables, en las miradas tiernas, en los detalles que contiene un hermoso día de sol o en la pasión que transmiten los que aman a la vida.
1. Libros
- 'La fuerza del optimismo', de Luis Rojas Marcos (Aguilar).
- 'La inutilidad del sufrimiento', de María Jesús Álava (La Esfera de los Libros).
- 'El entusiasmo'. Cuentos y relatos de Antonio Skármeta (Zigzag y Debolsillo).
2. películas
- 'Mi pie izquierdo', de Jim Sheridan.
- 'Patch Adams', de Tom Shadyac.
- 'La vida es bella', de Roberto Benigni.
Posted at 07:20 PM | Permalink | Comments (1)
Oxígeno
Diccionario emocional: promueve el bienestar, reduce el estres, fortalece los vínculos y las relaciones interpersonales
Por Eduardo Chaktoura |
Saber decir y valorar la recepción de un gracias genera emociones positivas, tanto en quien agradece como en quien recibe el agradecimiento.
La gratitud promueve el bienestar, reduce el estrés y fortalece los vínculos y las relaciones interpersonales. Un gracias puede más que el resonar mismo de la palabra.
Se postula como una de las virtudes más deseables para la humanidad. Es, en definitiva, una cuestión de actitud que merece convertirse en hábito.
Más allá de que, como dirían las abuelas, corresponde agradecer con quien estamos en deuda o con quien ha colaborado o contribuido con nuestra causa o motivo, la gratitud es una decisión.
Elegimos decir gracias y, desde la libre elección, sabemos (o deberíamos ser conscientes) por qué lo hacemos, cómo y con qué fines.
Podemos elegir no ser agradecidos; o bien, tal como postula Nietzsche, hacerlo desde la idea del gracias como un disfraz para ocultar intereses. En el otro extremo estarán los que creen que agradecer significa inmolarse a los pies de su benefactor. Sobran también los benefactores a los que no hay gracias que les alcance para pagar el esfuerzo y los costos de su acción benéfica.
A propósito, ¿solemos decir gracias a menudo? ¿Cuándo lo hacemos? ¿Con qué fines? ¿A quiénes sí y a quiénes no? ¿Qué sentimos cuando agradecemos? ¿Nos alcanza con un gracias? ¿Qué buscamos a cambio de nuestras acciones? Preguntas que ayudan a descubrir por qué aguas nadan nuestros ideales de aceptación y reconocimiento.
Más allá de las costumbres y propósitos que resulten, al menos por hoy alcanza con que logremos reconocer los beneficios que conlleva el acto mismo de agradecer o de recibir un agradecimiento.
Estudios científicos avalan este fenómeno saludable y positivo, desconocido para muchos, al menos desde lo teórico o lo concreto. Cuántas veces, sin saber la eficacia de la fórmula, habremos experimentado placer y bienestar por un gracias que hayamos dicho o hayamos recibido de regalo.
Emmons & McCullough descubrieron que tan solo con identificar y escribir acerca de cinco cosas por las que estamos agradecidos, nuestro nivel de felicidad se puede incrementar en un 25 por ciento. ¿Quién se va a perder la oferta del día?
Por cierto, ¡gracias!
El autor es psicólogo y periodista .
Posted at 08:01 PM | Permalink | Comments (0)
¿Siente que su audiencia se duerme mientras usted interviene en público? Seducir. Motivar. Desarrollar la empatía. Estas son algunas claves para el éxito de sus discursos.
Asistí a la convención de una importante multinacional. En una mañana nos despacharon un seguido de cinco intervenciones con tan solo una pausa para el café. Al final de la densa mañana pudimos hacer balance del acto: ninguno de los ponentes respetó el tiempo asignado, con lo que fuimos acumulando un considerable retraso al final de la mañana, que se resolvió eliminando el esperado espacio de tiempo libre antes de la comida. Cada intervención contenía un sinfín de desordenadas ideas que eran imposibles de retener. El primer ponente, aún sin pretenderlo, sonó a bronca: su tono de voz resultaba agresivo y exageradamente vehemente. El segundo ponente nos hizo desear el café con desmesura: su monótona dicción y una presentación plagada de tecnicismos nos sumieron en un profundo sopor. El tercero no llegó a presentar ni la mitad de sus diapositivas: se fue por las ramas desde el primer minuto, desconcertándonos a todos. Los dos últimos fueron medianamente correctos. Pero ahora, rememorando la convención, no sabría decir ni por aproximación de qué hablaron.
El resultado es que más de un centenar de personas acabaron exhaustas y sin ninguna idea clara, con una sensación de que estaban allí simplemente porque no había más remedio. Y cinco directivos perdieron la oportunidad de seducirlas, de motivarlas y de transmitirles sus mensajes.
DIFERENCIAS IRRECONCILIABLES ENTRE HABLAR Y COMUNICAR
"La emoción lleva a la acción, mientras que la razón lleva a la conclusión" (Donald B. Calne)
Hablar es transmitir información, algo que todos somos capaces de hacer sin demasiada dificultad. Comunicar es, además, mover una emoción. ¿Y por qué deberíamos querer, en una presentación en público, mover las emociones de la gente? Los motivos son dos: en primer lugar, porque en nuestra comunicación tenemos la obligación de ser impactantes, de ganar la atención de la gente. Y en segundo lugar porque las emociones serán en gran medida responsables de la memorabilidad de nuestra intervención.
Cuando comunicamos, competimos. Competimos con la enorme cantidad de presentaciones e información que nuestra audiencia recibe y recibirá. Y nuestra obligación es que, con el paso del tiempo, nuestra presentación sea la que se recuerde. La que haya impactado más. Hacerlo requiere técnica, pero está al alcance de todos. No es solo cuestión de talento. También es importante una buena preparación.
PRIMERO: ¿QUÉ SE QUIERE DECIR?
"Si todo es importante, nada es importante" (Garr Reynolds)
Todos sabemos mucho de algo. Y si nos dan la oportunidad de contarlo, podemos llenar horas encadenando un argumento tras otro. Esta no es la manera de construir una presentación impactante. Una buena presentación necesita articularse alrededor de una única idea. Tenemos que poder escribir una única frase antes de empezar a desarrollar la intervención. Si no lo hacemos así, el daño colateral es claro: nos enrollaremos. Hablaremos más de la cuenta. Y la audiencia no sabrá qué mensaje elegir de entre los muchos que habremos dado. Y ha de ser, además, una idea grande, valiosa, que aporte algo nuevo, o una visión nueva de algo conocido. Que la gente tenga la sensación de que ha recibido un regalo de valor, que valía la pena atender. Porque si no, no volverán. Si lo hacen será desconectados, sin la intención de prestar atención. Es una cuestión de respeto a la audiencia, de preguntarse: ¿qué hay de valor para ellos en mi intervención?
EN BUSCA DE LA MEMORABILIDAD
"Si su misión no puede transmitirse en cinco minutos, o con una historia, es que no la tiene" (John Kotter)
La mente es una criatura metafórica. De pequeños, aprendemos con historias, con cuentos, con piezas narrativas que nos transmiten las ideas estimulando nuestra imaginación y estableciendo conexiones con nuestra vida y nuestras experiencias. Y, en cambio, de mayores, parece que tengamos que aprender a base de sofisticadas exposiciones conceptuales, precisas definiciones e información perfectamente ordenada, pero fría y racional, sin concesiones a la narración. Es cierto que estamos preparados para entender una definición, pero no es menos cierto que como más disfruta la mente es con una buena historia, y que las narraciones conectan directamente con la emoción.
Es importante dar la información necesaria, pero es importante también -imprescindible para mí- complementarla con una buena historia. Es lo que nos asegurará la conexión emocional y la memorabilidad. Es mucho más fácil recordar una buena anécdota que una precisa información.
El camino es arriesgado, porque una mala historia, una historia que no tenga que ver con nuestro argumento, nos destrozará la intervención. Pero la literalidad de una explicación conceptual sin ejemplos, sin metáforas o sin elementos narrativos, será olvidada sin remedio. Las cosas que entendemos, las olvidamos. Las que además de entender las sentimos, las recordamos para siempre.
ENTRE LO QUE TÚ ENTENDISTE Y LO QUE YO QUERÍA DECIR
"Comunicamos lo que sentimos, nada más que lo que sentimos" (Oriol Pujol Borotau)
Podemos tener perfectamente estructurado nuestro discurso. Incluso con las palabras escritas se puede comunicar algo distinto a lo que queremos. La comunicación en público, el tono de voz y el lenguaje no verbal tienen un valor muy superior a la palabra, y si el qué decimos (la palabra) no concuerda con el cómo (tono de voz y expresión no verbal), lo que cuenta, sin duda, es el cómo.
Es necesario estar en contacto con nuestro estado de ánimo a la hora de comunicar: si estamos enfadados, lo transmitiremos. Si no nos creemos el proyecto, se notará. Preparamos a menudo con precisión nuestro discurso. Preparemos también nuestra intervención, empezando por ponernos en el estado emocional que precisa nuestro discurso, porque es lo que la gente captará.
EMPEZAR BIEN... Y ACABAR MEJOR
"Teatro es todo aquello que hay entre un buen inicio y un buen final" (Molière)
Es importante tener un buen comienzo: la audiencia no tardará más de tres minutos en decidir si nos escucha o si se evade. Funcionan muy bien las anécdotas y las historias en este punto. Somos curiosos por naturaleza, y prestaremos atención aunque solo sea para conocer el final. También importa el final, pues nos jugamos el sabor de boca que dejaremos como ponentes. Que puedan decir: "La presentación ha sido interesante, y el ponente ha estado brillante". Este comentario tendrá mucho que ver con un final preciso, escenificado con seguridad, que contenga la idea fundamental de la presentación. Que no sea un final de maratón en el que viendo la línea de llegada, viendo que ya terminamos el suplicio, nuestra voz va perdiendo fuerza para terminar en un tímido "y esto es todo".
En Youtube se puede ver la intervención de Steve Jobs en el acto de graduación de la Universidad de Stanford, un ejemplo memorable que mantiene su vigencia con el paso del tiempo. También resulta especialmente brillante la última presentación de Randy Pausch en la Universidad Carnegie Mellon ('The last lecture'), transformada posteriormente en un libro. El discurso de Barack Obama en Tucson, con motivo del acto de homenaje a las víctimas del atentado que tuvo lugar en dicha ciudad, es un ejemplo de dominio absoluto de los diferentes registros emocionales.
En la página web www.ted.com se pueden repasar algunas de las presentaciones más efectivas y brillantes que se están realizando en estos momentos en todo el mundo.
1. Un único mensaje. Una idea centrada y valiosa para la audiencia.
2. Explicado de forma memorable, con metáforas, ejemplos, vivencias o cualquier otro recurso narrativo.
3. En un lenguaje que conecte, evitando tecnicismos o lenguajes gremiales.
4. Hay que tener en cuenta que lo que importa es lo que la gente capta, no lo que uno tenía intención de decir.
5. Invitar a la gente a estar de acuerdo, no forzarla.
(Extraídas del libro 'La isla de los cinco faros', de la editorial Planeta).
Posted at 08:34 PM | Permalink | Comments (0)
Cuando al Dalai Lama le preguntaron qué le sorprendía más de la humanidad, respondió:
"El hombre. Porque sacrifica su salud con tal de hacer dinero. Después sacrifica el dinero para recuperar su salud.Y se vuelve tan ansioso con el futuro que no disfruta el presente; el resultado es que él no vive en el presente o en el futuro; vive como sin nunca fuera a morir, y después muere como si nunca hubiera realmente vivido!"
Posted at 08:31 PM | Permalink | Comments (0)
Vicente Huerta
Posted at 05:39 PM | Permalink | Comments (1)
Entrar en el bucle de los datos sin fin es muy fácil. Querer saberlo todo provoca angustia y desconcierto. Por eso hay que saber elegir.
Disponía de media hora antes de tener que preparar la cena de los niños. Así que Elena aprovechó para encender el ordenador y buscar una noticia sobre economía que le habían comentado. Creía que podía resultarle útil para la reunión del día siguiente. Tecleó el nombre del economista en Google y el primer puesto en el largo listado que le apareció en la pantalla era un artículo de marketing. Lo abrió porque también le pareció interesante. Leyó unas cuantas líneas y enseguida vio que en este artículo había varios enlaces hacia otros que pensó debería leer. Mientras estaba pensando en guardarlos, apareció la señal de que alguien le había mandado un e-mail, así que abrió el programa y comprobó que tenía muchos mensajes sin abrir. Por los asuntos, todos parecían de los que tenía que responder y que le llevarían trabajo. Se agobió. Sonó el teléfono. Era una teleoperadora que le quería informar de una oferta de telefonía móvil. Muy educadamente le dijo que no le interesaba.
"La cascada informativa de cada día puede frustrarnos al provocar la sensación de que no estamos al día de ningún tema"
Abrumados por los datos
"Los medios de comunicación nos inundan a diario de noticias sin dejarnos tiempo para digerirlas" (José Antonio Freijo)
Según las investigaciones de Peter Lyman y Hal Varian, de la Universidad de California, entre 1999 y 2002 se creó más información que en toda la historia anterior de la humanidad, con incrementos anuales del 30%. Este incremento apabullante de datos va acompañado por un aumento de los canales por los que se difunden. Es como si estuviéramos en una habitación con muchas rendijas por las que se cuela información: televisión, radio, Internet, e-mails,redes sociales... Y la mayor parte no la queremos.
Cuando se habla de infoxicación, normalmente se analiza el efecto que provoca sobre nosotros el rápido acceso al maremágnum de datos de Internet, pero hay otros canales tan caseros como el buzón que tenemos en la puerta de casa o el teléfono de toda la vida, que tampoco se quedan cortos a la hora de infoxicarnos.
La cascada informativa que se nos viene encima a diario puede frustrarnos al provocarnos la sensación de que no podemos estar al día. Un caso paradigmático es el de los científicos, que, por muy concreta que sea su especialidad, no pueden dominar todos los datos. Por ejemplo, existen dos millones de artículos de investigación sobre biología del cáncer (según PubMed). Nadie puede digerirlos todos.
Todos queremos estar bien informados. Entre otras cosas, porque suponemos que la información facilita que tomemos mejores decisiones. Desgraciadamente, demasiada información no nos ayuda, sino que nos despista. Si tenemos en exceso, nos resulta más complicado separar el grano de la paja.
Defendernos de la marabunta
"Tomé un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme 'Guerra y paz' en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia"
(Woody Allen)
Nuestras reacciones ante el tsunami informativo suelen ser varias. Una es la lectura superficial. No nos podemos entretener leyendo a fondo. En 2008, científicos de la University College de Londres investigaron cómo los internautas utilizaban las páginas web de la biblioteca británica. Concluyeron que los usuarios solamente realizaban un rastreo superficial. Alrededor del 60% de usuarios de periódicos apenas entraban en tres páginas. Parece que todo son simples ojeadas.
La información, para convertirse en conocimiento, necesita reflexión. Compararla e integrarla con lo que ya sabemos. No solo debemos procesar lo leído a nivel consciente, sino también inconsciente. Cuando comemos, nos olvidamos de que estamos haciendo la digestión, pero nuestro aparato digestivo va digiriendo el alimento por su cuenta. Lo mismo pasa con el cerebro: cuando engullimos datos, este los procesa aunque nuestra consciencia esté ajena a ese trabajo. Pero si comemos demasiado o tragamos muchos datos de golpe, podemos sufrir un empacho.
Otra forma con la que lidiamos la tormenta informativa es la multitarea. Nos entra información por todos los costados y hacemos malabarismos para atenderlos a todos. Trabajamos en un informe mientras vamos leyendo los e-mails que entran, mientras nos suena el móvil, mientras nos llega un mensajito por Facebook, mientras... Pero ¿es eficaz nuestro cerebro atendiendo varios temas a la vez? Cuando las tareas no son automáticas, precisan mucha atención. Por ejemplo, tecleamos algo mientras hablamos con alguien por teléfono, nuestra atención en ese caso no puede con todo porque ni escribir es automático, ni tampoco hablar con sentido. Así que en este caso la atención es como un foco que va de una tarea a otra, va dando saltos del teclado al teléfono. Pero en los instantes concretos que hablamos no escribimos o lo hacemos mucho más lentamente. Clifford Nass, de la Universidad de Stanford (EE UU), afirma que a pesar de que las personas creen que son buenas haciendo varias cosas a la vez, las investigaciones sobre atención no confirman esta impresión.
Menos información, por favor
"Todo este fenómeno debería llamarse la 'explosión de la desinformación', indigerible y confundidora"
(Hugo Pardo y Cristóbal Cobo)
Otra estrategia que a veces empleamos ante la interminable lluvia informativa es la acumulación. Igual que Elena, con cuyo ejemplo empieza este artículo, se empeña en almacenar información para leer que al final nunca leía. Nos entran informaciones que creemos interesantes, pero como en ese momento no las podemos leer, las almacenamos. A veces en el ordenador y otras gastando árboles. Actualmente se imprime más que nunca. Lo divertido, patético o absurdo (según como se mire) es que pocas veces acudimos a nuestro almacén a leer lo que hemos guardado. Sufrimos una especie de síndrome de Diógenes informativo.
Alfons Cornella, en una conferencia titulada Cómo sobrevivir a la infoxicación,aconsejaba ser selectivos. No podemos estar informados de todo y en profundidad. Así que tenemos que ser muy conscientes de nuestras áreas de interés. Cuando buscamos informaciones, debemos tener muy claro cuáles son nuestros objetivos. Para que no nos pase como a Elena, que al final se va a preparar la cena sin haber imprimido la noticia que le interesaba. Navegar sin rumbo por Internet es frecuente, nos despistamos y al final olvidamos lo que íbamos a buscar.
Es cierto que a veces podemos encontrar artículos que nos interesen al margen de nuestros objetivos. Muchos descubrimientos se realizan por casualidad. En estos casos es adecuado que los archivemos. Pero entre guardar algo realmente importante para nosotros e ir almacenando informaciones "por si acaso en un futuro puedo necesitarlo" hay una gran distancia. Si el día de mañana lo necesitamos, los datos suelen estar mejor clasificados en Internet que en el disco duro del ordenador.
LIBROS
- 'Tecno-estrés. Ansiedad y adaptación a las nuevas tecnologías en la era digital', de José María Martínez Selva (editorial Paidós, 2011).
- 'Superficiales', de Nicholas Carr (editorial Taurus, 2011).
PELÍCULAS
- 'Minority report', de Steven Spielberg. La 'infoxicación' por publicidad en un posible futuro.
- 'Margin call', de J. C. Chandor. Las múltiples pantallas de ordenador reflejando la multitarea.
Posted at 06:32 PM | Permalink | Comments (1)
Posted at 08:18 PM | Permalink | Comments (1)
Recent Comments